
Cada cierto tiempo, las vergüenzas de la democracia aparecen bajo la alfombra de un estratégico silencio mediático y algunas voces denuncian, todo lo fuerte que pueden, la existencia de la represión política y la práctica de la tortura como forma habitual de la misma.
Tras una agresión, del tipo que sea, una de las primeras preguntas que nos asalta, y a la que de alguna manera necesitamos responder es un sencillo “¿por qué?”. Entender los motivos es esencial para darle sentido a lo que nos pasa, afrontar las consecuencias de la violencia, sanar las heridas. Así pasa también con la represión, que llega como un golpe seco, fuerte, a veces sin saber muy bien por dónde continuar o de qué exactamente hay que defenderse. Es difícil enfrentarse de cara con el dolor, por eso resulta sencillo acogerse a los argumentos que el poder esgrime para lavar sus manos y las de sus funcionarios “son hechos aislados”, “a ese policía se le fue la mano”, etc. Y así la represión consigue su primer objetivo: que no seamos conscientes de sus finalidades. La represión política, ideada y ejecutada por el poder para mantener las relaciones de dominación existentes, afecta a diversos aspectos de la vida a nivel personal, social y político. La ruptura del tejido social y la desmovilización de la protesta a través del horror serán dos de sus objetivos fundamentales, que intentará conseguir a través de distintas vías. La criminalización de los movimientos sociales permite, mediante los medios de comunicación y el sistema judicial, justificar la violencia institucional contra determinados grupos, frecuentemente vinculando toda disidencia a un grupo terrorista. Por otro lado, se pretende crear una base legal que justifique la represión, y las estrategias para conseguirlo abren un amplio abanico de cínicas posibilidades. Desde la modificación del Código Penal, pasando por desalojos de espacios autónomos, denegación sistemática de permisos, o el uso político en la aplicación de las leyes, generando una legalidad de excepción encaminada a dar un mensaje claro al resto de la población: “te puede pasar a ti” (significativos ejemplos son los procesos abiertos en las masivas manifestaciones contra los compañeros condenados en las manifestaciones anti LOU de 2001 por la vivienda en 2006). Ante la rabia y la impotencia que puede generar este panorama, las salidas no son muchas. La denuncia jurídica por tortura o malos tratos es una de las más habituales, pero que por norma acaba dándose de bruces con la dura pared de la impunidad. Y es que, si nos detenemos a pensarlo, un Estado que utiliza la tortura como estrategia de control y represión, no va a crear ni facilitar ningún camino que le señale como perpetrador. Acaban así las denuncias jurídicas contra miembros de las fuerzas de seguridad llenando los cajones de casos archivados, y alimentando, cada día, la cara amable de la democracia y su policía, haciendo crecer la impunidad y el desgaste de las que no pueden ni quieren callar.
Nuestra experiencia de afrontamiento de la represión nace del intento de hacer real el “si nos tocan a una, nos tocan a todas”. Entendemos que la tortura se realiza contra personas concretas, pretendiendo que el terror se extienda cual onda expansiva al entorno de las mismas. Por eso, porque no es una agresión puntual entre un policía y una persona, creemos que la respuesta y el afrontamiento deben ser colectivos, porque no nos deja indiferentes, y vivir de cerca con esta realidad va trastocando nuestra percepción del mundo, de la lucha y de nosotras mismas. En el camino, sentimos el peso de las losas que el patriarcado nos ha impuesto, obligándonos a aguantar, obviando los dolores e instaurando un silencio de sal sobre heridas que quizá necesitan sangrar algo más que denuncia jurídica, difusión política y rabia para poder cicatrizar. A veces nos cuesta reconocer hasta qué punto nos afecta la violencia de Estado, no sólo a nivel político sino también a nivel psicosocial y emocional. No queremos olvidar que la tortura busca quebrar la persona, doblegar la voluntad, la parálisis a su alrededor, y no podemos obviar que muchas veces lo consigue. Por eso, es necesario abordar estas dimensiones, quizá más relegadas al ámbito de lo privado e históricamente femenino, y hacerlo de manera colectiva, para generar una resistencia que ya no sólo se defienda, sino que también avance.
Éste es uno de los objetivos de las jornadas “Resistencias ante la represión política y la tortura sexual”, que se celebran a finales de septiembre en Madrid [ver agenda]: entender la represión para afrontarla, también desde una perspectiva psicosocial, compartir las herramientas que han generado distintos grupos de apoyo y supervivientes de represión para tejer redes de apoyo mutuo y resistencia colectiva. Más info en: www.justiciaparaatenco. blogspot.com
El ‘caso Atenco’, mercantilización sin tapujos
Cuando el derechista Vicente Fox presentó el plan de construir un nuevo aeropuerto internacional a 80 kilómetros de la capital en 2001, los afectados por las expropiaciones de terrenos se organizaron. Tras meses de movilizaciones, heridos, detenidos y encarcelados, y declararse municipio autónomo rebelde, los campesinos de San Salvador Atenco lograron parar el plan presidencial.
El 4 de mayo de 2006, tras todo un día de disturbios originados por un desalojo de floricultores en el cercano Texcoco, se desencadena una violenta represión contra integrantes del FPDT y de la Otra Campaña en Atenco. 3.000 policías cercan el pueblo y entran a enfrentarse a los campesinos. Dos jóvenes fueron asesinados por policías, además hubo 200 personas detenidas, de ellas 47 mujeres, que fueron torturadas y les fueron inflingidas violaciones, abusos sexuales y psicológicos. Todavía quedan 11 detenidos, ahora condenados. A principios de 2008 el presidente Calderón ha retomado la idea del aeropuerto, en el que empresas constructoras españolas podrían tener implicación directa, las mismas que recibieron a Calderón en su gira por Europa. El sindicato CGT definía el caso Atenco como “un contexto de mercantilización sin tapujos en las relaciones entre México y Europa.
Afinidades no ocultadas entre el Gobierno ultraderechista mexicano de Felipe Calderón y el socialista de Zapatero”.