
La escalada de agitación revolucionaria que infectó el mundo desde mediados de los ‘60, y que alcanzó su momento culminante en los sucesos de mayo del 68, no precisó seguramente para desencadenarse de un grupúsculo minoritario, fuertemente intelectualizado, embebido en una práctica tan avanzada que no encontraba una respuesta a la altura de los retos que establecía. Menos aún pienso que la Internacional Situacionista (IS) necesitase este estallido para confirmarse, proyectarse sobre teorías y movimientos futuros y, eventualmente, plasmar su aventura en la historia y leyenda de los ciclos revolucionarios. Pero es cierto que pocos de los grupúsculos que promovían y participaban en las revueltas disponían de una conciencia tan elevada de lo que allí estaba pasando y de un deseo tan firme de que pasase hasta el final.
No era el encuentro macrodialéctico de la idea con su forma. No era, ha quedado demostrado, un proceso irreversible, sin fisuras, como pretendían los situacionistas. La ambición marxista y hegeliana de capturar los pequeños grandes momentos de las pequeñas grandes historias en la Historia, que vale para todos y no tiene segundas partes, les jugó una mala pasada. Pero es cierto que por un instante, fugaz e inconsistente (no extraigamos consecuencias), se produjo una conjunción maravillosa entre la idea de lo que allí pasaba y la teoría práctica de los situacionistas. Esta coincidencia se llama verdad: antaño una revelación, ayer una iluminación, hoy un simple fogonazo. No todos quedaron deslumbrados. Es difícil recrear hoy esta potencia.
La situación desencadenada en el 68, que tuvo alcance internacional –lo que más allá de los debates que suscita demuestra su necesidad, su carácter espontáneo–, parecía diseñada por los situacionistas. Ellos estaban preparados para ella, y ellos la habían preparado, hiciese o no falta. Disponían de la teoría, desarrollada a través de una década de formulaciones de experiencias prácticas en su revista y de dos libros que habían alcanzado cierta difusión en los ámbitos que hoy llamaríamos “alternativos”: La sociedad del espectáculo, de Guy Debord, que desarrolla, en clave marxista, la crítica más profunda y certera de la sociedad mediatizada (un precursor que no ha hecho sino ampliar sus perspectivas) y el Tratado de saber vivir para uso de las jóvenes generaciones, de Raul Vaneigem, un intento de presentar, en clave idealista, es decir, radical, el modelo de vida que nos espera más allá de la mercancía, si lo habrá.
Era conocida su disposición a implicarse, para llevarla más lejos, en cualquier manifestación de rebeldía espontánea en la que pudiesen leer los signos de un cambio posible (“allí donde había fuego, nosotros llevábamos la gasolina”): en 1965, la sección danesa de la IS fue identificada por los servicios secretos como foco de provocación e instigación de la revuelta civil contra las maniobras militares comunes que pretendían llevar a cabo los ejércitos alemán y danés; en 1966 provocaron, en colaboración con los representantes de alumnos, el escándalo de la Universidad de Estrasburgo, la primera manifestación europea de la revuelta estudiantil y un precedente claro de los sucesos de 1968, mediante la redacción del panfleto Sobre la miseria en el medio estudiantil... con fondos públicos. Por otro lado, grupos de estudiantes de Nanterre influidos por los situacionistas estuvieron calentando el ejercicio académico poco antes del estallido de mayo.
Por la radicalización
Su participación en los sucesos
estuvo a la altura de lo que
las circunstancias reclamaban:
estuvieron presentes en
la ocupación de la Sorbona,
constituyendo junto a sus
simpatizantes un comité de
acción que buscó en todo momento
la vinculación del movimiento
estudiantil con las
fábricas, utilizaron para ello
el desvío de todos los medios
que la universidad ponía a su
disposición (imprenta, radio),
optaron siempre por la radicalización
del movimiento y
sus consignas, escritas sobre
los muros y las paredes de la
universidad, se convirtieron
en el alma del mismo, su identidad
y su poesía. Pero, sobre
todo, los situacionistas fueron
los que mejor supieron captar
la atmósfera de la ‘nueva época’
y justificar la contestación
que surgía con ella. Cuando el
vértigo del movimiento de las
ocupaciones sacudió más incluso
a propios que a extraños,
Debord podía vanagloriarse,
en un artículo del número
12 de la revista (“El comienzo
de una época”), de haberlo
anunciado meses antes.
Pese a que su influencia en
los sucesos no resultase determinante,
el deseo de los situacionistas
y el espíritu de los
nuevos tiempos se fundieron
en el resplandor de mayo del
68. Fue su kairós, el momento
por el que habían trabajado y
tras el cual su pervivencia como
grupo iba a perder todo su
sentido. Por ese motivo, mayo
del 68 marcó también, al mismo
tiempo, su límite como
movimiento organizado.