
Amadeu Casellas, de 48 años y casi 30 en diferentes cárceles, emprendió el pasado 23 de junio su enésima huelga de hambre para exigir el respeto a sus derechos. Tras más de 70 días de huelga y la pérdida de 28 kilos de peso, su estado está estabilizado dentro de la gravedad, aunque sufre pérdidas de conciencia. Encarcelado en la barcelonesa prisión de Quatre Camins, tras el agravamiento de su estado, fue trasladado en julio al Hospital Penitenciario de Terrassa. Su abogado, Francesc Arnau, ya ha alertado de que se acerca al punto de no retorno, en el que las secuelas para su salud pueden ser irreversibles. El viernes 23 de agosto, familiares y amigos comparecieron en rueda de prensa a las puertas del hospital penitenciario para exigir su inmediata puesta en libertad a través de la concesión de un tercer grado. Pepita Ramón, su madre, constató el empeoramiento de la ya deteriorada salud de su hijo, trasladó su determinación de proseguir con la protesta y solicitó la intervención directa del secretario de Serveis Penitenciaris de la Generalitat, Albert Batlle, para encontrar una resolución definitiva.
El preso inició la protesta tras las trabas judiciales para clarificar su situación penitenciaria –“jurídicamente caótica”, según su abogado– y poder recobrar la libertad. Su letrado ha interpuesto una demanda solicitando la refundición de todas las penas existentes para hacer efectivo el límite máximo de cumplimiento de condena, fijado en 20 años. Pero la titular del juzgado penal nº 2 de Manresa, Erika López García, ha rechazado por segunda vez consecutiva esta petición y, ante la negativa de la fiscalía a concederle la libertad, ha trasladado la causa a la Audiencia Provincial de Barcelona. La Fiscalía aduce que en el historial de Casellas hay episodios de reincidencia, aunque su abogado recuerda que éstos son lejanos y hace años que Amadeu no tiene ninguna causa penal nueva. Para Arnau, la jueza “ha escurrido el bulto y ha pasado la pelota”. El letrado ha afirmado que Casellas pondría fin a la protesta si algún responsable de Serveis Penitenciaris le visitara para comunicarle el día exacto que finalizará su condena.
En este sentido, el grupo de apoyo a Amadeu Casellas ha recordado que se dan todas las condiciones para la concesión de un rápido tercer grado y que además el preso cuenta con un importante entorno social de apoyo, una oferta de trabajo y una compañera con dos hijos. Pero el mutismo de la Generalitat es absoluto. El lunes 25, en la sede de Serveis Penitenciaris, y respaldados por una concentración solidaria, la madre y allegados de Casellas intentaron reunirse con algún responsable. No sólo no fueron recibidos sino que tuvieron dificultades para poder presentar su escrito de demandas.
Amadeu Casellas entró por primera vez en la cárcel en 1976 y es uno de los testimonios directos más importantes de los cambios experimentados en política penitenciaria en los últimos 30 años, además de uno sus críticos más autorizados. Con más de 50 huelgas y protestas a sus espaldas, se ha convertido en una voz incómoda. Casellas, reivindicado anarquista, formó parte de grupos de acción en 1973 y en 1976 empezó a atracar bancos. Desde entonces ha estado entrando y saliendo de la cárcel hasta que en 1986 fue condenado a 20 años por atraco a mano armada.
En 2000 se contagió de anticuerpos del VIH y aprovechó una revisión médica para escaparse. Llamó a Instituciones Penitenciarias para informar de que no quería volver a la cárcel donde le habían contagiado. Ha protagonizado seis fugas, pero no tiene ningún delito de sangre. Tras conocerse la huelga de hambre, los actos de solidaridad se han reproducido en diversos puntos del Estado como Barcelona, Vic, Bilbao, Madrid, Plasencia, Galiza, Getafe o Móstoles. Para Gorka Ramos, del Grup de Familiars i Amics d’Amadeu Casellas, “el caso de Amadeu no es una caso aislado. Hay muchas personas que acaban siendo condenadas a cadenas perpetuas encubiertas y son personas que no tienen delitos de extrema gravedad”. Es el caso, por ejemplo, de Manuel Pinteño, de 49 años, que ha pasado más de 30 años en prisión en total, 24 de ellos en completo aislamiento. La última vez que pisó la calle fue en 1986 tras una fuga de cuatro meses.