
Tendrá razón Immanuel Wallerstein cuando afirma que estamos en la fase última del sistema mundo capitalista iniciado en 1492? Posiblemente. Las diversas y graves crisis mundiales que padecemos, las continuas guerras y despojos, el agotamiento político y la catástrofe ecológica que se nos viene encima pueden dar cuenta de que algo así está pasando.
¿QUÉ PASARÁ DESPUÉS?
Este filósofo
neoyorquino de 78 años explica que
actualmente estamos en una bifurcación
histórica, que puede desembocar
al menos en dos opciones:
“Una de las dos posibilidades es que
se cree un sistema diferente del
capitalismo, pero que recupere y
conserve dos de sus aspectos centrales,
siendo entonces un sistema
muy jerárquico y también muy polarizante.
[...] La otra posibilidad es
que seamos capaces de crear un sistema
relativamente democrático e
igualitario, que minimice la desigualdad
y las jerarquías, pero al que
no podemos llamar ni socialismo, ni
comunismo, ni utopía, porque esto
nos haría pensar en realidades del
pasado, mientras que ese sistema
puede tener una estructura organizativa
completamente diversa”.
¿QUÉ PODEMOS HACER?
“Es un sistema
que todavía debemos crear. Y el
resultado depende también de todos
nosotros, de nuestra participación,
de nuestras acciones individuales y
colectivas”, según el sentir del pensador
estadounidense. Los movimientos
sociales no deben dedicarse
a resistir únicamente, sino que
tienen que emplear sus fuerzas en
construir ese otro mundo. O como
dice el filósofo español Santiago
Alba Rico: “No me atrevería a sugerir
un paradigma político alternativo.
Al mismo tiempo estoy de acuerdo
en que es urgente elaborarlo, no
vale con deslegitimar o deconstruir
el capitalismo; es imperativo contar
con algo más”.
¿CÓMO LO HACEMOS?
El activista e
intelectual mexicano Gustavo Esteva,
siguiendo las tesis de Wallerstein,
cree que debemos recoger las
enseñanzas del pasado, tanto teóricas
como prácticas, para crear algo
nuevo, distinto, entre todos y todas.
Y para ello hay que enriquecer el
lenguaje y las prácticas, no quedarnos
anclados en presupuestos anteriores
e inventar formas incluyentes,
consensuadas, iniciar una búsqueda
de lo común (para ir construyendo
cierta comunidad política),
sin imponer, escuchando, quizás
yendo al paso del que va más lento,
para ir juntos y juntas. Es fundamental
potenciar los canales de comunicación
horizontal, donde se
muestren las prácticas, no sólo los
discursos. “La conmoción y el contagio
suponen moverse con el otro u
otra y hacerlo con todo el ser, no
sólo con la cabeza”.
¿ES POSIBLE HACER ALGO?
Esteva además
argumenta que en este momento
de ruptura en el que estamos, el
sistema capitalista apoyado en el
Estado nación, tal y como lo conocemos
desde hace 200 años, ya ha
muerto: el neoliberalismo se ha encargado
de fulminarlo (privatizaciones,
flexibilidad, retroceso en derechos
civiles, represión y despojo...).
Este sistema político está por cambiar,
y debemos hacer que las personas
y colectivos construyan, no los
partidos ni los entes económicos.
Pero para poder dotar de fuerza a esa
construcción alternativa tenemos
que cambiar la forma de mirar, usar
nuevos lentes, con los que analizamos
el presente y trazamos líneas de
lucha. Y quizás no poniendo el acento
en lo económico, como hasta ahora,
sino más bien en lo sociopolítico y
lo simbólico, para empezar. Hay que
renombrar la emancipación y hacerla
visible con nuevos ropajes.
¿QUÉ PASA CON LOS PARTIDOS POLÍTICOS?
Por ello, la discusión sobre la
izquierda parlamentaria me parece
algo vacío y alienante. Apoyar a
un partido en el mercadeo electoral
es hacerle el juego al sistema, y
perder tiempo y fuerzas. La sociedad
civil, donde se sitúan los movimientos
sociales de izquierdas, anticapitalistas
y transformadores,
debería mirarse y mirar alrededor,
no hacia arriba. Las actitudes de
vanguardia o de (ilusoria) lucha
por el poder han demostrado su
inutilidad para cambiar el sistema
(político, social, económico, religioso,
ecológico, de género...). Se
corre el riesgo de que la izquierda
permanezca anclada en una tradición
discursiva que ya no introduce
ningún efecto en el mundo.
¿Y CON LA SOCIEDAD CIVIL?
Estamos
necesitados de cambiar el mundo,
pero paso a paso, por lo más cercano,
y quizás debamos primero
desnudarnos de inquebrantables
dogmas y prácticas, no aislarnos
con verdades sectarias y sí conocer,
escuchar otras verdades (más
o menos transformadoras), sin imponer
tiempos ni ritmos, para poder
aprender-enseñar y crear redes
de apoyo mutuo. La recuperación o
creación de ámbitos comunes exige
concepciones ligadas a sujetos
reales (preexistentes, en formación
o por constituir), que pueden definir
sus relaciones en torno a objetos
reales de su interés: su consumo,
su barrio, su condición de mujer,
su salud...
¿QUIÉNES ESTÁN HACIENDO ALGO ASÍ?
Este construir autonomía en el interior
y enredarte hacia el exterior,
mostrando prácticas diversas y radicales,
es lo que desde 1994 ha pretendido
el movimiento zapatista
chiapaneco. Y no sólo lo pretende, sino
que lo consigue por ejemplo con
los Caracoles y las Juntas de Buen
Gobierno, por un lado, y la Otra
Campaña y la Zezta Internacional,
los encuentros internacionales y los
congresos indígenas, por el otro.
No consiste en copiar lo que los
zapatistas dicen o hacen, sino extraer
enseñanzas de su praxis para
trabajarla en nuestros territorios de
lucha, que tiene unas peculiaridades
propias. Dejarnos contaminar
de las ideas de otras luchas y de
otras formas de mirar, no caer en
establecer sectas cerradas.
¿EN QUÉ NO DEBERÍAMOS CAER?
Como
ya dijera en 1970 el brasileño
Paulo Freire, “la sectarización es
siempre castradora por el fanatismo
que la nutre. La radicalización,
por el contrario, es siempre creadora,
dada la crítica que la alimenta.
[...] La inicie quien la inicie, la
sectarización (de izquierdas o de
derechas) es un obstáculo para la
emancipación [...]. Y ambos (sectarios
derechistas e izquierdistas)
se transforman en reaccionarios
ya que, a partir de su falsa visión
de la realidad, desarrollan, unos y
otros, formas de acción que niegan
la libertad”.
¿FIN?
Siguiendo al filósofo catalán
López Petit, “la clave del futuro de
las luchas autónomas es que se vinculen
al malestar social”, sea por la
despenalización del aborto, contra
una refinería, por una vivienda digna,
contra los parquímetros, por espacios
culturales, contra la mercantilización
de la vida, por medios de comunicación
alternativos, contra la
violencia laboral, por el software libre,
etc. Todas tienen cabida y tienen
que ser respetadas. A partir de ahí,
crear lazos de lucha y una sociedad
civil por ‘otro mundo’. Como decía
Eugene Ionesco: “Las ideologías nos
separan, los sueños y la angustia nos
unen”. Así, ya ese ‘otro mundo’ se
presenta real y dispuesto a ser
alimentado, en su diversidad, por
diálogos, autonomías, innovaciones,
solidaridades, coordinaciones, compromisos,
pasiones, reflexiones...
para consolidarse. Pero aún queda
todo por hace