TRIBUNA
Críticos del decrecimiento
CARLOS TAIBO*
Viernes 20 de noviembre de 2009.
Número 112
El proyecto de decrecimiento,
que reclama reducciones
significativas
en los niveles de producción
y de consumo en el Norte opulento,
suscita críticas. Éstas son tan
legítimas como necesarias.
La mayoría de las críticas no llegan
del discurso oficial, que se desentiende
de lo que considera una
propuesta fuera del mundo. Llegan
más bien de determinados segmentos
de lo que llamaré la izquierda, en
el buen entendido de que, las más de
las veces optan por cuestionar el decrecimiento
como un todo, sin entrar
en una consideración precisa de sus
propuestas y fundamentos intelectuales.
Como si estimasen que el proyecto
es tan lamentable que se descalificaría
por sí solo.
Pueden reducirse a dos las críticas
que se han ido formulando. La
primera vendría a decirnos que el
del decrecimiento es un horizonte
mental concebido para apaciguar
la mala conciencia de clases medias
aposentadas. Sin negar que algo de
ello pueda haber en determinadas
modulaciones del discurso del decrecimiento,
conviene no confundir
la parte con el todo. Muchos seguimos
pensando que sigue siendo
prioridad mayor fundir lo más lúcido
que aporta el movimiento obrero
de siempre con la irrupción
inexorable de nuevas cuestiones, y
entre ellas las vinculadas con la certificación
de que los límites medioambientales
y de recursos del
planeta configuran un problema
principal. En la trastienda está una
disputa que colea desde hace decenios:
la retirada del proletariado como
sujeto revolucionario y, con
ella, la confusión de muchos de sus
integrantes con las clases medias,
circunstancia que enrarece el escenario
en el que esta crítica está concebida.
No nos regocijamos con el
retroceso revolucionario del proletariado:
nos limitamos a reseñar lo
que es una triste realidad.
La segunda de las críticas señala
que el decrecimiento es un proyecto
reformista que aleja el horizonte
de la insurrección revolucionaria.
Conviene oponer algunos argumentos.
El principal: no hay ningún
motivo para separar decrecimiento
e insurrección. Los partidarios de
esta última también han de preguntarse
por las reglas del juego que el
modelo crecimentalista abrazado
de siempre por el capitalismo ha
instituido. Tal y como va el planeta,
no podemos permitirnos el desliz
de no formular la pregunta relativa
a qué hay que producir el día después
de la insurrección.
El insurrecionalismo debe ser
también decrecimentalista, no vaya
a acabar por traducirse en el olvido
de elementos centrales de contestación
del capitalismo, riesgo muy
frecuente en determinado lenguaje
inflado de soflamas revolucionarias.
Hay que fortalecer la dimensión
anticapitalista de la propuesta
decrecimentalista, como hay que
subrayar que el cuestionamiento
del orden de propiedad del capitalismo
–la defensa, por decirlo claro,
de una propiedad colectiva socializada
y autogestionada– debe acompañarse
de medidas que cancelen
la ilusión de que podemos seguir
creciendo de forma indiscriminada.
Existe el riesgo de que el del decrecimiento
sea uno más de los proyectos
que el capitalismo ha engullido.
Debemos evitar que ese posible
engullimiento se haga realidad. El
decrecimiento es parte de un programa
más general: solo, no configura
ninguna respuesta a nuestros
problemas. Cualquier proyecto anticapitalista
en el Norte desarrollado
tiene que ser decrecimentalista, autogestionario
y antipatriarcal.
* Profesor de ciencias políticas, ensayista y analista internacional
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