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Periódico Diagonal

FARMACÉUTICAS | INVESTIGACIONES FRAUDULENTAS EN PAÍSES POBRES

El ‘científico fiel’ de la industria farmacéutica

Miguel Jara , Madrid
Martes 9 de mayo de 2006. Número 18
Las farmacéuticas prueban sus productos con ensayos realizados, en buena medida, en países pobres. Así, ahorran costes, logran los permisos de comercialización y disponen de ‘cobayas humanas’ desinformadas con pocas objeciones a sus planes.
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CARNE DE EXPERIMENTOS. A principios del siglo XX, la población afroamericana trabajadora con sífilis de Tuskegee (Alabama) fue privada de medicamentos para observar cómo reaccionaban o morían.

Las pantallas de los cines ofrecen estos días el ejemplo de coraje y amor de un hombre -El jardinero fiel, película basada en la obra homóloga de John Le Carré-, que busca una verdad, la razón de la muerte de su mujer, tras las negras cortinas de la ‘razón farmacéutica’. Uno de los campos en que las compañías farmacéuticas y sus fieles científicos muestran su cara más truculenta es el de los ensayos clínicos en seres humanos, como narra dicho filme. Para que un medicamento pueda dispensarse, es necesario que se demuestre que no produce daños en nuestra salud. Pero sólo puede comprobarse si un preparado es seguro cuando lleva tiempo a disposición del público. Esto se conoce como ensayos en fase IV.

Muchas personas son utilizadas como cobayas por los fabricantes de medicamentos. Cada vez en mayor medida, productos farmacológicos que utilizamos en el denominado Primer Mundo son probados en ciudadanos de países empobrecidos. Esto ocurre porque en dichas naciones los gobiernos ven con buenos ojos las ‘inversiones’ de la industria farmacéutica. Son lugares con sistemas sanitarios menos regulados, donde los costes de los experimentos y las investigaciones son más bajos y los propios pacientes poseen menos información.

Durante el régimen nazi millares de personas fueron deportadas a campos de concentración y sometidas a pruebas ‘científicas’ horripilantes. Los ‘médicos malditos’ realizaron experimentos para alterar la menstruación, ‘curar’ a los homosexuales, castraciones o pruebas de control a las reacciones eróticas. Existieron dentistas macabros, piojos tíficos hambrientos, estudios sobre las sulfamidas, el gas Taboun para la guerra bacteriológica o las cápsulas de veneno; variados capítulos que estos galenos escribieron sobre sus víctimas humanas.

Hechos similares ya se habían producido en Estados Unidos. Muy conocida fue la utilización de personas de raza negra en el Estudio de Sífilis de Tuskegee (Alabama), realizado a comienzos del siglo XX. Con fondos del Servicio Estadounidense de Salud Pública, se probó a no dar medicamentos a cientos de trabajadores pobres afroamericanos víctimas de la sífilis para observar cómo reaccionaban o morían. Estas prácticas duraron cuatro décadas hasta que fueron denunciadas por un periodista.

Demostraciones del sadismo humano como las citadas continúan realizándose bajo un manto de legalidad. La organización Public Citizen ha advertido de que la multinacional Discovery Laboratories, de Pennsylvania, ha intentado probar uno de sus medicamentos, Surfaxin- recetado para ciertas afecciones pulmonares-, en niños de países latinoamericanos. Quería comparar la eficacia del Surfaxin con la de un placebo (producto sin acción terapéutica). Public Citizen ha criticado el estudio porque puede ocasionar la muerte de los recién nacidos con problemas respiratorios que participen en el grupo placebo.

Profesionales comprados

Las farmacéuticas consiguen sus objetivos “pagando a los médicos buenas cantidades de dinero por cada persona que reclutan para sus ensayos. En algunos casos las compañías prueban medicamentos que se han considerado demasiado peligrosos para probarlos en EE UU”, según The Washington Post.

En un ensayo clínico denominado Guardián, realizado en el Hospital Naval de Buenos Aires con la droga cariporide en pacientes con enfermedad coronaria, cuyo patrocinador fue Hoeschst Marion Rousell (hoy Sanofi-Aventis), sucedieron irregularidades graves con el grupo de investigadores contratados. Éstos recibieron un honorario por paciente incluido en el trabajo. Se han dado casos de muertes dudosas relacionadas con el análisis. “Se habrían falsificado firmas en los consentimientos informados, se incluyeron enfermos que no cumplían pautas de admisión del protocolo y no se realizaban los estudios y controles señalados en el mismo. La denuncia fue realizada por el propio laboratorio contra los médicos que intervinieron en el fraude. El estudio fue cancelado y las irregularidades puestas en conocimiento de las autoridades sanitarias argentinas”, ha publicado el Boletín Fármacos.

En Brasil, sólo durante el período comprendido entre 1998 y 2002, más de 1.500.000 brasileños participaron en investigaciones clínicas. Un número indeterminado de estos análisis se caracterizaron por el incumplimiento de las normas internacionales de investigación. En 2001, el número de personas sometidas a algún tipo de prueba farmacéutica llegó a 645.500. Un 80% fueron de test con medicamentos de laboratorios extranjeros. El periódico Estado de Minas ha afirmado que la empresa Asta Médica ensayó el trandolapril en 111 pacientes con hipertensión. Cuando los “cobayos humanos” dejaron de tomar la medicación y recibieron placebo, sintieron más “dolores de cabeza, mareos, palpitaciones y signos de debilidad que los otros 151 pacientes tratados con la droga”.

Código

En EEUU un grupo de expertos, relacionados con la Administración, ha pedido que se impida a las farmacéuticas nacionales utilizar fondos públicos para investigar mientras violen los derechos de los residentes en países pobres. Ninguna de las partes involucradas desconoce el código de ética para estudios clínicos realizados en seres humanos, elaborado en 1964 por la Asociación Médica Mundial y conocido como la Declaración de Helsinki.

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Portada número 174
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