
Para las pequeñas y parte de las medianas editoriales, con enormes dificultades para llegar a fin de mes, lo prioritario sigue siendo la divulgación cultural.
No juegan una carrera a vida o muerte en un gran escaparate. Sufren la carencia de medios y se nutren a menudo de trabajo voluntario. Sus tiradas, al ser bajas, se encarecen. Pero las grandes editoriales comerciales funcionan bajo la máxima de “hay que entregarlo como sea”, mientras los días van cayendo como una guillotina en el calendario de los precarios. En el mercado el tiempo es oro, y el retraso de un lanzamiento puede suponer cuantiosas pérdidas. Si la editorial hace público el fallo de su premio literario, 15 días después, los puntos de venta reciben los primeros ejemplares. La novedad dispone de una vida efímera y debe ser ‘colocada’ en los mejores expositores.
Se mercantiliza cualquier motivo (una noticia, una película de éxito, un nuevo juego japonés) que pueda vender libros. Y el que llegue antes gana. En esta vorágine apunta Manuel Borrás (Ed. Pre-Textos): “unos libros sepultan a otros y su cantidad no está colaborando a elevar la calidad de lectura de todo aquél que honestamente se interesa por la cultura”.
Montañas de bestsellers entierran a la literatura minoritaria. Salvo excepciones que confirman la regla (Anagrama, El Acantilado, etc.), estas editoriales no se arriesgan con escritores jóvenes; invierten grandes sumas en robarle a las casas pequeñas sus autores emergentes, o compiten a golpe de talonario por las voces consagradas del ‘monopoly literario’.
El avance de la técnica y los derechos laborales Donde las transformaciones son fulgurantes es en lo relativo a la producción. La imprenta tradicional (la de tipos móviles, donde todo era artesanal) desapareció y la industria se ha revolucionado: antes se tardaba un mes en preparar un libro, que necesitaba varias visitas a la fotomecánica para hacer pruebas, filmaciones, planchas...
Hoy se están desarrollando la impresión CTP y la digital, capaces de imprimir los interiores y la cubierta directamente de un archivo informático.
En la misma cadena el libro se encuaderna. Las aplicaciones modernas facilitan la tarea de escanear y maquetar un libro o diseñar una cubierta. Las imprentas (donde trabajaban hasta mil personas) o las numerosas fotomecánicas (que tenían hasta 40 empleados entre retocadores, montadores, etc.) se han tenido que adaptar a los tiempos levantando empresas pequeñas que sirven de estudio gráfico, fotomecánica e imprenta, con costes cada vez más bajos.
Grandes editoriales,
grandes abusos
Un diseñador o un filólogo ya
no sueñan con un contrato en
una editorial. El colectivo que
hace real lo que el escritor
imagina lo forman un ejército
de irreductibles autónomos
en un mar de incertidumbre.
¿Es posible cuidar así la edición de un libro? La traducción y su correspondiente corrección de estilo son tareas que se encargan en tiempo récord. Las portadas se diseñan con fotos descargadas de un banco de imágenes por internet. Tampoco es alentador para la promoción de libros que los departamentos de márketing funcionen abusando de becarios.
Imaginemos la vida de un profesional a la puerta de estas editoriales: todas le llaman para encargos esporádicos que además suelen coincidir en el tiempo (ferias, lanzamientos, campañas de Navidad...). Si declina la oferta corre el riesgo de que su ficha desaparezca entre el montón y no le vuelvan a llamar. Si no, comienza su jornada invisible en un improvisado estudio: su casa. La empresa también se puede desprender de un editor para llamarle cuando sea oportuno y encargarle la preparación de una campaña (perdiendo su antigüedad y su cotización).
La página invisible
Los procesos de concentración
entre los grupos editoriales
están generando terremotos
en sus estructuras. Si
hace tres años Planeta barrió
a todos sus directivos, recientemente
la historia se repitió
en el equipo comercial de
Ediciones B (para trasvasar a
los directivos agresivos de
Random House). Actualmente,
la veterana red comercial
de Santillana está
siendo desmantelada con
tácticas similares. Estas empresas
anuncian año tras año
suculentos beneficios mientras
compran editoriales pequeñas
generando más despidos
(caso del Grupo Anaya
devorando a Bruño). La precarización
llega al extremo
de que si un editor es despedido,
la cadena de precarios
que le rodea puede quedarse
sin cobrar sus trabajos, como
ha pasado en la editorial
Kailas, al existir sólo un contrato
verbal con los externos.
Desde que los grandes grupos de comunicación (propietarios de los más importantes fondos editoriales) salieron a Bolsa, se exige al libro una rentabilidad que jamás ha dado. Las cuotas se consiguen gracias a que en la siguiente tirada del monopoly hay una carga de trabajo más sobre una espalda, un despido, bajan los honorarios del ejército de precarios en la sombra. Y cuando no se consiguen, el sello se subasta.