Ursula K. Le Guin (Berkeley, 1929) se ha caracterizado por utilizar la ciencia ficción para estudiar las sociedades humanas y explorar sus posibilidades con una gran exigencia estética. No en vano, ella afirma que “el Futuro, en la ficción, no suele ser más que un modo de mirar el Presente”. En sus obras manifiesta una perspectiva coherente de la vida, del ser humano insertado en el mundo, cuya base es el taoísmo, pero un taoísmo que engloba el pensamiento anarquista, puesto que elabora una síntesis de ambos sistemas.

Su piedra angular es la búsqueda de la Armonía a todos los niveles. Para ello, adopta una postura revolucionaria, pues demanda un cambio profundo dirigido a esa consecución. Pero en realidad es radicalmente revolucionaria porque pide que ese cambio permanezca en continuo movimiento, sin estancarse ni enquilosarse, pues eso es lo que crea y sostiene estructuras de poder que, en última instancia, son las que causan el dolor y la injusticia. Así, la insurrección es una constante en su narrativa, también el estudio del Poder, el análisis de la violencia y sus efectos (unida al machismo), de las relaciones sociales (especialmente las sexuales, en las que apuesta por la aceptación completa de su libre disfrute como parte integrante de la vida y de una sociedad equilibrada y plena) y también la adoración de la naturaleza. Utiliza una perspectiva puramente antropológica, dominada por el placer de observar nuevas relaciones humanas. De este modo, dibuja distintos medios de organización social, aunque incide especialmente en la comunitaria en muchos de sus libros. Técnicamente se debe resaltar la excepcional capacidad para crear atmósferas, su perfecto dominio del ritmo y el preciso ajuste sintáctico a la narración. Igualmente cabe remarcar su notable destreza en las descripciones; son certeras, evocadoras, precisas y fundamentales dentro de sus relatos gracias a su contundente valor simbólico. Sus libros ofrecen una gran multiplicidad de niveles de lectura. Aunque están elaborados con una estructura compleja, rica y llena de matices, apuntaremos, simplificándolos, los más relevantes: La relación entre roles sociales y sexualidad es el centro de la ambiciosa La mano izquierda de la oscuridad. Los personajes de su sociedad permanecen asexuados casi todo el tiempo, pero entran en un período de “celo” en el que adquieren genitales de uno u otro sexo indistintamente. La ausencia de violencia es el hecho más significativo de ese universo, que la autora une a la cultura patriarcal. Los desposeídos es su obra más redonda. En ella muestra desde dentro una sociedad anarquista consolidada, pero la explora desde sus contradicciones y plantea su propia perspectiva de la ética anarquista en busca de la revolución permanente. La perfección formal está puesta al servicio de una transmisión y recreación impecable. La breve El nombre del mundo es bosque ofrece todas las claves de la autora, aunque principalmente se basa en los principios de una sociedad coherente con la teoría de Gaia y la destrucción de la paz mediante la industrialización. Por su parte, El ojo de la garza es el texto donde con más firmeza expresa sus convicciones pacifistas, también desde el terreno insurreccional, y las tensa para ver qué pueden llegar a conseguir desde una perspectiva transformadora. Finalmente, debemos destacar también Cuatro caminos hacia el perdón, una colección de cuatro magnificas novelas cortas que ofrecen nuevos enfoques sobre liberación, sexualidad y noviolencia.