El exilio saharaui comenzó en
1975, año de los infaustos Acuerdos
Tripartitos de Madrid y la primera
Marcha Verde. Marruecos bombardeaba
con napalm y fósforo blanco
las ciudades saharauis y los primeros
asentamientos de refugiados se
creaban, matando a miles de personas
y empujando a tantas otras a
cruzar la frontera argelina para no
ser alcanzadas por las bombas.
El proceso de descolonización de
este pueblo sigue sin ser una realidad
mientras el mayor Muro de la
Vergüenza del mundo, con más de
3.000 kilómetros, separa a miles de
familias. No es casualidad que los
ingenieros de este muro sean israelíes,
ni que Marruecos esté ausente
de la Unión Africana mientras la
RASD es miembro fundador.
Nada es fácil en los campamentos de refugiados saharauis, situados en la inhóspita Hammada del sur de Argelia. Sin embargo, la escolarización del 100% de los niños, la creación de escuelas para discapacitados en cada campamento y un sistema nacional de salud basado en la prevención y la atención primaria son algunos de los logros de un Gobierno que carece de recursos, a excepción de la ayuda humanitaria, la cual es imprescindible para todos los aspectos de la vida cotidiana, desde la alimentación hasta los materiales sanitarios y educativos.
Las circunstancias excepcionales, es decir, la guerra, que supusieron la formación del Gobierno en el exilio empujaron a la formación de toda la estructura social (educación, sanidad, etc) que hoy hace posible la subsistencia en el desierto. Los hombres se convirtieron en combatientes mientras las mujeres asumían la responsabilidad de la haima y una masiva participación en la gestión política y administrativa de los campamentos. Este rol de la mujer no es fruto de esa situación sino parte fundamental de la cultura ancestral del pueblo saharaui.
Pero no toda la población saharaui vive exiliada. Los que no están en la diáspora permanecen bajo la ocupación marroquí, en los territorios legítimamente reclamados por la RASD. Allí se suceden sistemáticamente violaciones de los derechos humanos, torturas, muertes, desapariciones, juicios sin garantías e injustas condenas. Una represión generalizada invisible a los ojos del resto del mundo. Marruecos no ha cumplido ni una sola de las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU y ha bloqueado todas las iniciativas para la celebración de un referéndum de autodeterminación, ya que sus intereses estriban en la explotación de los cuantiosos recursos naturales de la zona. El desencanto de la población ocupada ante el estancamiento del conflicto y el absoluto silencio mediático desembocaron en 2005 en el comienzo de una intifada pacífica que el reino alauí reprime violentamente.