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BALANCE : LA OCUPACIÓN, EN JAQUE

La resistencia y el avestruz yanqui

Pedro Rojo, es arabista, director de www.boletin.org y miembro de CEOSI
Jueves 20 de marzo de 2008. Número 74
La resistencia armada iraquí, apoyada por el 80% de la población, mantiene un combate desigual contra un entramado de más de un millón de hombres armados.
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RESISTENCIA. “La política estadounidense ha sido una constante negación de la realidad: la resistencia armada iraquí ha hecho fracasar su proyecto neocolonizador en Iraq”.

El mismo día de la caída de Bagdad, el 9 de abril de 2003, se produjeron en los barrios de Addamiya o Al Mansur y en la zona de Abu Ghraib los primeros ataques de insurgentes, ya vestidos de civil. No se trataba de grupos residuales con afán suicida, como los calificó la cadena CNN, sino del embrión espontáneo u organizado (todavía no está claro) de la resistencia iraquí. Independientemente del grado de planificación por parte del régimen iraquí cara a la ocupación, lo que es innegable es que la labor del Ejército iraquí ha sido central en la creación, suministro de armas y formación de la resistencia iraquí; así como en la rapidez con la que empezó a actuar y el volumen de sus ataques. Los primeros meses de resistencia se basaron en grupos locales que actuaban en su ámbito geográfico sin reivindicar los ataques. Ya en 2004 dieron paso a formaciones más sofisticadas, con una visión estratégica y en muchos casos coordinadas con otras facciones, aumentando la complejidad de los ataques y los medios usados, sobre todo los llamados “explosivos caseros” que colocados en las cunetas de las carreteras han sido la mayor pesadilla de los ocupantes.

Los testimonios de antiguos responsables de la Administración estadounidense recogidos en el documental La guerra sin fin confirman definitivamente que la Casa Blanca menospreció los informes de sus servicios secretos sobre el peligro de la resistencia y aceptó de buen grado las previsiones de su colaborador, el embaucador Ahmed Chalabi, de que los iraquíes les recibirían con los brazos abiertos. De ahí que la política estadounidense haya sido una constante negación de la realidad: la resistencia armada iraquí ha hecho fracasar su proyecto neocolonizador en Iraq. Primero se dijo que eran grupos residuales del Ejército del antiguo régimen que pronto caerían. Se capturó a Sadam Huseín y nada cambió. La actividad ha ido incrementándose de forma casi constante hasta llegar a su cúspide en junio de 2007, con más de 6.000 ataques en ese mes y cerca de 130 bombardeos de alta intensidad contra posiciones ocupantes, según datos del propio Pentágono.

El 81% de las 3.987 bajas estadounidenses han muerto en combate. Un combate desigual en el que la resistencia hace frente no sólo al Ejército más poderoso del planeta, sino a un entramado de más de un millón de hombres armados (160.000 tropas de ocupación, 180.000 mercenarios, 500.000 miembros del nuevo Ejército iraquí, más los nuevos servicios de seguridad y un número indeterminado de milicias chiíes financiadas por Irán y ligadas a partidos del Gobierno colaboracionista). Esto sólo se puede lograr con un masivo apoyo popular (un estudio para la CNN hablaba de más del 80%) y con una gran determinación y capacidad militar. Aparte de esta determinación, quizá la característica que hace única a la resistencia iraquí en la Historia es que no tiene el apoyo de ningún territorio ni país fuera del campo de batalla (como ocurrió en Vietnam o con la resistencia francesa en la II Guerra Mundial).

Cuando Washington vio que la negación de la resistencia era inútil apostó por interponer una cortina de humo: Al Qaeda y la guerra sectaria. A pesar de que su peso en la masa de grupos armados en Iraq es mínima, los hombres de Bin Laden han sido bien publicitados por los responsables estadounidenses sobredimensionando su importancia, ocultado y ensuciando la labor de la resistencia, creando conscientemente una confusión entre las acciones legítimas de la resistencia (que no atacan objetivos civiles como se han cansado de repetir una y otra vez sus dirigentes y comunicados) y las acciones de las milicias chiíes progubernamentales y las organizaciones próximas a Al Qaeda enzarzados en una lucha confesional cuya principal víctima es la población civil iraquí. Estas acciones son consentidas, si no alentadas desde Washington, para debilitar a la resistencia al tener que defenderse también de estos grupos además de de las tropas de ocupación.

El futuro de la resistencia pasa por la unificación de sus fuerzas (en 2007 las principales facciones ya se han agrupado en torno a cuatro frentes) para gestionar en una posición de mayor fuerza ante la salida de las tropas de ocupación e imponer los puntos comunes de sus programas políticos: gobierno de transición y elecciones libres para elegir un gobierno que dirija un Iraq unido y alejado de las injerencias exteriores.

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