
Las comunidades de la Reserva de Montes Azules, ubicadas en el corazón de la Selva Lacandona, Chiapas (México), no entendían muy bien por qué se veían obligadas a abandonar sus tierras. A finales de enero, un desalojo violento y programado les dejaba sin sus lugares ancestrales, perdiendo tanto sus casas como sus cultivos en pos de la “reconversión productiva”. Ese término, utilizado por el gobernador de Chiapas en reiteradas ocasiones, y que pocos entendían, no significaba otra cosa que sustituir la masa arbórea autóctona por bosques de palma africana.
Lo que las comunidades no sabían es que el Estado de Chiapas pretendía así cumplir con el Plan Estratégico de agrocombustibles de México que prevé, sólo en este Estado, la plantación de 900.000 hectáreas en un plazo de diez años. Y esto, ¿para qué? Todo indica que las metas que se ha marcado la Unión Europea en materia de agrocombustibles, tienen alguna relación...
Este caso, denunciado por la organización Salva a la Selva, es sólo un ejemplo más de los impactos que generan en el sur las supuestas necesidades del norte, en busca de energías alternativas. “En México, para impulsar las plantaciones de palma, incluso se modificaron previamente artículos constitucionales, para permitir la titulación individual y la posterior privatización de las tierras y territorios de pueblos indígenas y comunidades campesinas”, declara a DIAGONAL Guadalupe Rodríguez, portavoz de Salva la Selva.
Y, para conseguir dichos fines, la UE ha llegado a impulsar la siembra de palma africana, a través de fondos de cooperación al desarrollo, tal y como explica Rodríguez. “Existe un programa de desarrollo financiado por la UE, llamado Prodesis, que promueve ampliamente la siembra de palma africana en la Selva Lacandona, sin informar a las comunidades indígenas y campesinas acerca de los efectos ecológicos y sociales de los monocultivos de palma en otros países como Indonesia, Malasia o Colombia”, sentencia.
Y es que la expansión de la palma aceitera ya era motivo de preocupación en otros lugares del mundo. Un caso paradigmático es el de Indonesia, donde la expansión descontrolada de las plantaciones, que comenzó en 1970 y que en agosto del 2009 alcanzaban ya los siete millones de hectáreas, según datos aportados por el Movimiento Mundial por los Bosques tropicales (WRM, por sus siglas en inglés), ha acabado con bosques y turberas, y ha producido, igualmente, un saqueo de tierras indígenas en Borneo y Sumatra. Además, se estima que la cantidad plantada alcance los 20 millones de hectáreas en la próxima década. Durante 1997 y 1998 se quemaron diez millones de hectáreas de bosques en Indonesia, tal y como documenta el informe de la WRM Palma aceitera, de la cosmética al biodiesel.
La reacción de las ONG ambientalistas no se hizo esperar y, agrupadas en la red Sawit Watch, procuraron una solución y, con su presión, consiguieron que los bancos holandeses, principales financiadores de las plantaciones, decidieran suspender las financiaciones o restringirlas de forma sustancial, para aquellas plantaciones de palma aceitera que destruyeran intencionalmente los bosques tropicales.
Autóctono pero destructivo
Pero, ¿qué ocurre en el lugar de origen de la palma? En África, tradicionalmente, las poblaciones locales han cosechado las plantas a pequeña escala, combinándolas con cultivos alimenticios. Sin embargo, la propagación de este cultivo, se ha realizado a través de la tala de bosques tropicales y con fines meramente industriales, lo que ha producido una reiterada vulneración de los derechos de las comunidades, así como graves impactos ambientales.
Tal y como apunta el informe de Amigos de la Tierra Africa: up for Grabs. The Scale and Impact of Land Grabbing for Agrofuels, desde 2006 se han comprado en África más de nueve millones de hectáreas y, de ellas, al menos cinco millones se dedicarán a producir agrocombustibles mediante el cultivo de palma aceitera, entre otros. Pero las cifras son mayores, ya que tan sólo en Mozambique, funcionarios del Gobierno informan que inversionistas han solicitado 4,8 millones de hectáreas (casi una séptima parte del área cultivable del país) para dedicarlas a los agrocombustibles.
Además, dicha práctica, que se propagó por el continente bajo la promesa de producir combustible dedicado al consumo local, no está cumpliendo las expectativas. Así, un informe de 2009 de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), demuestra que ningún cultivo para agrocombustibles en Etiopía, Ghana, Madagascar o Mali se destina al consumo interno, ya que todos los cultivos se exportan.
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