Por encima de la propuesta de reforma presentada por el Gobierno, a lo que asistimos ahora es a la huida hacia adelante de un sistema canibal.
Monólogo neoliberal en el diálogo social
La reforma laboral perpetuará la división sexual del trabajo

Hoy, quien tiene el poder económico –y eso nos distingue de otros periodos históricos previos a la globalización del siglo XXI–, tiene todos los medios posibles a su alcance para convencer a la gente de forma masiva de que la realidad no es lo que viven, lo que tienen delante de sus narices, sino una construcción virtual –un Matrix– que se diseña en función de sus propios intereses de supervivencia capitalistas y patriarcales y que pone el umbral de las superexplotación aún más lejos. En la actualidad, en este enfrentamiento dialéctico, parece ser que es el poder que precisamente causó la crisis económica global quien fuerza los límites a su favor, no la clase trabajadora, que sólo parece padecerla. El mundo al revés.
Sin embargo, en poco más de 200 años, el sistema capitalista ha tenido claro que, para su propia supervivencia, tiene que haber un límite a la explotación: después de dos guerras mundiales, la propia escasez de mano de obra sana para producir; hoy –en una crisis de sobreproducción– la propia escasez de mano de obra para consumir.
Pero ese límite a la explotación que define la supervivencia del sistema va cambiando, se va trasladando de un sitio a otro en busca de mano de obra más barata, de materias primas, de gobiernos más permisivos con la explotación de sus gentes y sus recursos… va buscando las maneras de poner el umbral de ese límite en el punto más lejano posible.
Y en ese correr rápido y globalizado del capital de los últimos años del siglo XX y la primera década del XXI, la clase trabajadora europea se ha desconcertado, se ha desmovilizado, está perdiendo su identidad como clase. Ha asumido en masa su condición de clase consumidora a crédito y no parece despertar ni con la propia caída del flanco más débil –por virtual– del sistema, sus mercados financieros. Mercados que se están recomponiendo sin demasiado problema gracias a las inyecciones millonarias de dinero público de los diferentes Estados “pudientes”, es decir, con el esfuerzo una vez más de los trabajadores y trabajadoras que ahora, en un número alarmante, ya no pueden pagar sus deudas por mucho que baje el interés, pero que colaboran a saldar las deudas de los bancos con sus impuestos.
El interés bancario, ¿será ése el umbral variable que marca el límite a la explotación en nuestras socialdemocracias? Y el lugar de trabajo, ¿ya no es el lugar para forzar los límites? Sí, parece ser el lugar donde correr el umbral hacia el máximo de la explotación como solución de la crisis económica. Precisamente en estos días, en España, en Grecia, en Francia, gobiernos de izquierdas y de derechas rumian reformas laborales como solución de esta crisis orgánica del capitalismo. De nuevo, el poder pone sobre la mesa el binomio crisis económica- reforma laboral, es decir, la tensión capital-trabajo como eje de salida a sus problemas a través de la rebaja de derechos laborales. Si tienen problemas de superproducción, nos proponen que la solución sea bajar los costes de ésta. El capital crea empleo sólo cuando lo necesita para producir y, cuando no, lo destruye y lo intenta hacer al menor coste posible. Por eso, su demanda de despido libre supone un abaratamiento de su propia destrucción de empleo y no la manera de crearlo. La cuadratura del círculo: para combatir su crisis económica propone el despido libre y profecías varias sobre la inviabilidad económica del sistema de Seguridad Social por culpa de las pensiones de jubilación y el aumento del desempleo. Y así la economía mejorará para el capital, incentivando las suscripciones a planes de pensiones privados y aumentando el número de desempleados que han sido despedidos “porque sí” y gratis. ¿Y la clase trabajadora cómo saldrá de ésta? ¿Sólo con bajadas del tipo de interés? ¿Y el desempleo? ¿Y el sindicalismo?
Doble ‘sí’: la re-conciliación
El capitalismo está en crisis porque
no puede crecer más, porque
destruye la riqueza que hay. Y, en
ese escenario, como siempre, necesitamos
un sindicato –un sujeto
colectivo fuerte– que luche por un
derecho del trabajo resistente y un
sistema de Seguridad Social potente
que pongan límite a la explotación,
a la destrucción de la riqueza
medida, en este caso, en destrucción
de puestos de trabajo.
Pero también necesitamos un sindicato y un derecho del trabajo que no funcionen sólo a la defensiva sino que se sitúen más allá de la crisis –de ésta o de cualquier otra–, con fuerza para liberarse del pensamiento único, del miedo, y ofrecer herramientas jurídicas que faciliten todo aquello que muchas mujeres y algunos hombres están ya inventando en el trabajo más allá del orden establecido. Pienso, por ejemplo, en el doble ‘sí’ que las mujeres de hoy estamos diciendo a la maternidad y al trabajo, en las fórmulas impensables que estamos practicando para que ello sea posible.
Y en el gran límite que se pone así a la alienación cuando en la relación de trabajo hay algo innegociable –no medible en dinero– y es que queremos ser madres y, además, trabajar. Así, ponemos sobre la mesa y de modo inaplazable –también para los hombres– la reconciliación de la vida laboral y familiar, la reconciliación de los tiempos de vida y de trabajo, que la barbarie del sistema capitalista patriarcal están llevando al esperpento del no poder vivir.