
El Ejército español parece decidido a batir sus propios récords. En el número anterior, DIAGONAL informaba de los 23.000 millones de euros previstos para 2007 en gasto militar, la mayor cifra registrada en los últimos años. En 2006, el despliegue de nuevas misiones ha llevado a que las tropas españolas estén presentes en más de diez países, una situación que supera a las legislaturas anteriores.
Las misiones principales son Afganistán, Líbano, R. D. Congo, Bosnia y Kosovo. Además, el Ejército español cuenta con efectivos en Sudán, Etiopía-Eritrea y países bálticos (Estonia, Letonia y Lituania).
Al cierre de esta edición, a este paisaje se le sumaba una propuesta de última hora. Para el Consejo de Ministros del 30 de diciembre, el Ministerio de Defensa planteaba la posibilidad de suprimir el límite de 3.000 militares para misiones en el exterior, una medida tomada durante el último Gobierno de Aznar, tras llegar al máximo de 3.600 soldados.
Este tope, una cifra acordada para evitar desajustes presupuestarios a la hora de calcular los gastos militares, ha terminado causando algunos dolores de cabeza en el Ministerio de Defensa. El límite se roza con frecuencia. A veces, para no superarlo, los propios oficiales han recurrido a no contar a parte de sus soldados. De cara al futuro, además, se exigirán más tropas para formar parte de los grupos de combate de la UE, así como de la nueva Fuerza de Reacción Rápida de la OTAN. Y a partir del próximo julio el Estado español toma el mando de las unidades de operaciones especiales de la Alianza Atlántica.
Al cierre de este periódico, aún no se había celebrado el Consejo de Ministros. En todo caso, el mantenimiento de las misiones apuntala una deriva militarista que ha visto en 2006 uno de sus mejores años. Es posible un breve resumen. En abril: envío de 150 soldados más a Afganistán, en medio de una serie de revueltas populares contra las tropas de ocupación. En junio: envío de 130 legionarios al Congo. En septiembre, nueva foto para la galería: llegada del primer contingente de los 1.100 militares españoles a una playa de Líbano atestada de bañistas, que observan el desembarco boquiabiertos, entre la incredulidad y la risa. De forma paralela, el músculo militar se desarrolla en el frente económico.
Cabe recordar que durante 2006 el presupuesto militar aumentó en más de 300 millones de euros respecto al año anterior, hasta alcanzar un 12% de los Presupuestos Generales del Estado (una partida 32 veces superior a la de cultura, por ejemplo). No en vano, España fue en 2006 el segundo país de la OCDE que más aumentó su presupuesto en investigación militar tras EE UU.
Las formas y el fondo
Los datos producen un duro contraste
con la imagen de antibelicismo de
la que se ha dotado el Ejecutivo de
Zapatero. Dos años después, el golpe
de efecto de la retirada de tropas
de Iraq aún perdura. A eso se suman
los gestos del presidente. Como indica
Pere Ortega, de Justicia i Pau, a
DIAGONAL, “algunos discursos han
sido muy bien recibidos, incluso entre
sectores del pacifismo”. La Alianza
de Civilizaciones despierta menos
animadversión que la guerra contra
el terror de Bush y Aznar. “El problema
es que estos gestos luego no se
ven refrendados por políticas de no
intervención militar”, sostiene.
A juicio de Ortega, la escalada militar obedece a un objetivo claro de obtener un mayor protagonismo político. “España está en la órbita de los países más poderosos económicamente, está situándose a las puertas del G-8, pero para obtener peso en la esfera internacional el Gobierno piensa que con eso no basta, que además debe estar presente en determinados conflictos”, explica. “De ahí el interés por enviar tropas a Líbano o Afganistán”. Ortega llama a recelar de las definiciones de “misión humanitaria” y “operaciones de paz”. El caso de Afganistán es el más nítido. Legalmente, no se diferencia mucho de Iraq. Desde octubre, las fuerzas de la OTAN han asumido la seguridad en todo el país y en ella se engloban hoy los efectivos de la operación Libertad Duradera de EE UU. La misión tampoco tiene carácter pacífico, como prueban los enfrentamientos directos con la insurgencia al sur del país.
Es por este motivo que desde grupos como el Movimiento Objeción de Conciencia se refieren a estas prácticas como “imperialismo humanitario”. David Arístegui, integrante del movimiento, critica “el disfraz de defensa humanitaria cuando subyace una forma de colonialismo”. “Marcas donde están los diamantes, las rutas comerciales, el petróleo... y es ahí donde están las tropas”, concluye.
Por suerte para el Gobierno, estas situaciones no tienen gran difusión entre la opinión pública. Según un reciente sondeo del Instituto Elcano, más del 60% de los españoles apoya las misiones en el extranjero, pese a que el 75% no sabe en qué países se encuentran. De lo contrario, es posible que a Zapatero le resultara difícil sostener de nuevo el “ansia infinita de paz” que prometió en su discurso de investidura.
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otro frente
Para David Arístegui, del MOC,
un gran número de actuaciones
militares se basan “en la constante
búsqueda de legitimidad
del Ejército”. Para ello se vuelve
frecuente la usurpación de
tareas exclusivamente humanitarias
por parte del Ejército.
Según un informe de Médicos
Sin Fronteras, Defensa incrementó
en 2005 un 2.500% su
gasto de ayuda humanitaria,
pero resultó “de dudosa eficacia”.
A su vez, en 2004 Defensa
gastó más de 18 millones
de euros para técnicas de márketing
militar y las mejores
campañas, que han llegado a
ser premiadas por la Federación
Española de Anunciantes.