
Mayo del 68 por sí mismo. Ése fue el título escogido para estrenar en 1978 un conjunto de películas, entre ellas Grands soirs et petits matins, de William Klein, que habían sido rodadas durante el propio acontecimiento.
Así pues, una temprana y decidida afirmación de que el medio cinematográfico poseía el privilegio de conservar los perfiles de una experiencia de ruptura que ya, tan sólo diez años después de haberse producido, se estaba haciendo paradójicamente invisible por un exceso de reinterpretaciones que tendían a aniquilar toda su radicalidad. Y así, la plena visibilidad de la imagen aliada a la evidencia de la palabra –frente a la muda presencia de las mucho más difundidas fotografías del período, la palabra (escrita, hablada o cantada) es básica en estas películas– posibilitaban que mayo pudiera expresarse “por sí mismo” a través del cine.
Las películas rodadas en mayo recogen, en la móvil corporeidad de la cámara al hombro, prácticas polí-ticas como las manifestaciones, las ocupaciones de fábricas, los enfrentamientos con la policía, la reapropiación de la calle o los Comités de Acción, exaltan la casi vertiginosa toma de la palabra por parte de aquellos que siempre han estado excluidos de ella, pero, ante todo, aparecen imantadas, en su factura, por las mismas cuestiones esenciales que irrumpieron en mayo: la autonomía, la superación de las fronteras sociales, el surgimiento de nuevas subjetividades, la negación de toda forma de representación (política, sindical, intelectual)…
Filmes colectivos
Surgen así iniciativas cinematográficas
que proponen
alternativas a la noción de
autoría, como los trabajos
colectivos desarrollados por
los grupos ARC (Le droit à
la parole) o Dziga Vertov
(Un film comme les autres),
o que incluso optan por un
radical anonimato, tal y como
se produjo en los cinétracts
o cine-octavillas, unos
sencillos y breves cortometrajes
de dos a cinco minutos
de duración destinados,
como señalaba un panfleto,
a “Oponerse- Proponer-
Sorprender-Informar-Interrogar-
Afirmar-Convencer-
Gritar-Reír-Denunciar-
Enseñar”, en una anónima
labor de contrainformación
tras la que se ocultaban los
nombres de Alain Resnais,
Godard o Chris Marker,
quien también estimuló el
nacimiento de una de las experiencias
más extraordinarias
de aquel momento, como
fue la formación de los
grupos Medvedkin. Grupos
constituidos por obreros
que rodaron películas militantes
(Classe de lutte o
Nouvelle société) en las que
ellos mismos reflexionaban –creando su propia imagen
en primera persona del plural–
sobre su condición, sin
estar mediados por la mirada
del profesional.
Películas que se oponen a
cualquier valor mercantil,
que buscan canales alternativos
de difusión y que reclaman,
ante todo, valor de uso:
generar un debate, ser discutidas
y dialogadas. Películas
donde la forma cinematográfica
es interrogada, recusando
cualquier didactismo o
modelo documental convencional
y lanzándose a una experimentación
que permita
así generar entre fotograma y
fotograma la vibración de esa
nueva política que emergió
en mayo. Y es precisamente
esa interrogación –¿cómo representarse?
¿cómo construir
una imagen política?– la exigencia
que plantean a 40 años
de su realización.