
Son 17.000 nuevos soldados. Con este refuerzo, anunciado por Obama el pasado 19 de febrero, Estados Unidos llegará a tener del orden de 55.000 soldados en Afganistán. A ellos se suman los 30.000 de la Fuerza Internacional de la Asistencia a la Seguridad (ISAF), la misión en la que participan los países de la OTAN. En total suman más de 80.000 militares sobre el terreno. Se trata de la mitad de efectivos que el Ejército soviético desplegó en la década de los ‘80, y que tampoco le garantizaron el control de este país centroasiático.
Los rebeldes afganos tienen bastante experiencia a la hora de rechazar a las potencias extranjeras. Y también motivos históricos para desconfiar de imperios que afirman traer consigo una civilización superior. Por el actual Afganistán pasaron, en general con poco éxito, los ejércitos de Darío de Persia, Alejandro Magno, Gengis Khan, las tropas de la Inglaterra victoriana, la Rusia zarista y la Unión Soviética. Ahora el país se ha convertido en un quebradero de cabeza para la OTAN.
Después de ocho años, ninguno de los objetivos declarados al comienzo de la invasión en 2001 ha llegado a cumplirse. La comunidad internacional no considera que se haya eliminado la actividad terrorista con base en el país, y tampoco se ha conseguido crear un Estado viable al margen de los talibán. En 2007, un informe del Consejo de Seguridad de la presidencia de Estados Unidos llegaba a una conclusión difícil de aceptar: EE UU y la OTAN están perdiendo. Los indicadores son contundentes. Si se miran algunos datos, hablar de “progreso” es algo que más bien suena a sarcasmo. En Afganistán, según datos de Justicia i Pau, existen más de 850 grupos armados. El Gobierno es incapaz de controlar el territorio, y la presencia de los talibán y la insurgencia se extiende al 72% del país.
Entre militares, políticos, y analistas ha comenzado a especularse sobre si Afganistán podría convertirse en el Vietnam de la OTAN. Robert Matthews, analista de la Fundación para las Relaciones Internacionales y el Diálogo Exterior, lo explica con una frase: “La idea es que Estados Unidos podría recuperarse de una derrota, la OTAN no”. De algún modo, la Alianza atlántica se juega en el frente afgano su razón de existir. Creada con el fin de parar los pies a la URSS durante la guerra fría, la OTAN ha sobrepasado con creces su propósito inicial (cabe preguntarse cómo algo llamado Organización del Tratado del Atlántico Norte opera hoy en el centro de Asia), y desde hace décadas busca legitimar su sentido con cada nueva misión.
La misión de Afganistán es, de hecho, una muestra de esa personalidad cambiante. El despliegue de la ISAF se decidió en 2001 y se puso en marcha en 2003 a las órdenes de la OTAN, con un mandato inicial de reconstrucción y “mantenimiento de la paz” de forma paralela a la operación ‘Libertad Duradera’ de combate contra los talibán por parte de EE UU y Gran Bretaña. Pero desde hace tiempo esto tampoco es así. En octubre de 2006 la ISAF asumió la responsabilidad de la seguridad en todo Afganistán. Como resultado, el despliegue de las tropas en el sur del país supuso entrar en combate abierto con los insurgentes. “Estados Unidos ha conseguido, mal que bien, que la ilegalidad de la operación Libertad Duradera se tape un tanto merced a la legalidad que ampara a la ISAF”, escribía entonces el profesor de Ciencia Política, Carlos Taibo, quien al igual que expertos en Derecho Internacional ha puesto en duda el carácter legal de la guerra.
Pero los problemas no han sido sólo de orden jurídico. Algunos países de la OTAN ya han anunciado su intención de abandonar el país. El año pasado Canadá anunció su retirada para 2011, una decisión tomada tras la fuerte presión pública causada por el alto número de bajas canadienses (108 militares y cuatro civiles) y las imágenes de combates abiertos con la insurgencia. Otro tanto ocurre en Holanda, donde la presión pública llevó al Gobierno a anunciar que abandonará el país en 2010.
Con Obama todo es más fácil
Para frenar esta tendencia, tras la llegada
a la presidencia de Barack
Obama, se ha insistido en la necesidad
de lo que se ha llamado la “nueva
estrategia” en Afganistán. En esta
línea figura un mayor peso de la reconstrucción
(hasta ahora se ha destinado
un dólar a usos civiles por cada
11 a fines militares) y una mayor
colaboración de los países de la región.
(Así, este 11 de febrero, Rusia
afirmó que ofrecería su infraestructura
militar a la OTAN).
En esta nueva etapa, el encanto que despierta Obama entre los gobernantes europeos facilita “una colaboración mayor” de sus aliados. Frente a las discrepancias que podía haber con Bush en la Casa Blanca, el anuncio de nuevos soldados fue esta vez aplaudido por todos los socios. Alemania e Italia han sido los primeros en sumarse a la llamada, y sus gobiernos enviarán respectivamente 600 y 500 nuevos soldados. No serán los únicos. Según afirma el secretario de Defensa estadounidense, Robert Gates, “en estos días, 19 o 20 países han anunciado que aumentarían su presencia, ya sea en los sectores civil, militar o de la formación”.
Según Robert Matthews: “para que la nueva estrategia tuviera éxito debería ser algo nuevo, de la A a la Z, no seguir como hasta ahora”. Este analista aconseja “no pensar con números” ya que el aumento de tropas no ha significado una mejora en Afganistán. Al contrario, desde 2002, EE UU y la OTAN han triplicado su presencia militar, pero la insurgencia se ha multiplicado en el mismo periodo. De hecho, uno de los motivos que propician este auge es el alto número de bajas civiles en el conflicto. En 2008, según un informe de la ONU, el número de no combatientes fallecidos fue de 2.118, un aumentó del 40%. La OTAN, para prevenir sus propias bajas, aumentó en 2007 sus bombardeos aéreos. El número de los ataques creció un 20% en 2007 respecto al año anterior, con un total de 2.740 vuelos, cifra que duplicó a los de Iraq de ese mismo año.
72 civiles afganos muertos en la era Obama. Por Marc Herold
20 años de cárcel por un artículo
La idea de que la instransigencia
de los talibanes ha sido sustituida
por un régimen abierto queda desmentida
por algunas sentencias
judiciales. A finales de octubre un
tribunal afgano condenaba a
Sayed Perwiz Kambajsh, joven
periodista de 23 años, a una pena
de 20 años de prisión tras un juicio
en el que no contó con la asistencia
de un abogado ni con el tiempo
necesario para organizar su defensa.
La pena conmutaba otra condena
a muerte impuesta también
bajo el gobierno pro-occidental. El
supuesto delito: Sayed había
impreso artículos con interpretaciones
del islam, relativas en particular
a la condición de la mujer,
divulgadas en un blog de Internet.
Colombia también se apunta a la guerra
Que el Ejército colombiano
combata a grupos rebeldes
en un territorio que produce
enormes cantidades de
droga es algo habitual. Pero
que esto suceda en el desierto
es menos frecuente.
Por si el presidente Uribe no
contase con suficientes problemas,
Colombia ha sido el
último país en alistarse a la
guerra. Dado que Afganistán
no parece una amenaza
directa para el país andino,
la decisión de Uribe se
entiende por el afán de
cumplir con los deseos de
EE UU. Y, a falta de un equipo
propio, los 150 militares
colombianos se integrarán
en el contingente español.
Al cierre de este número, el
Gobierno español no había
confirmado el modo en que
se sumaría al refuerzo en
Afganistán anunciado por
Obama. Como señal previa,
el pasado diciembre la
ministra de Defensa, Carme
Chacón, eliminaba el límite
máximo de 3.000 soldados
españoles en el exterior,
impuesto por el propio
Gobierno de Zapatero tras
su victoria en 2004. En concreto,
Chacón lo consideró
“obsoleto” y ha anunciaba
que España tiene capacidad
para “desplegar 7.700 soldados”.
Al respecto de
Obama, la ministra dejó
clara su opinión en su última
visita a Afganistán en
diciembre. “La nueva presidencia
norteamericana tiene
ese cambio de prioridades
porque se va a concentrar el
esfuerzo militar donde está
la verdadera amenaza y eso
es un motivo de esperanza”.
INDICADORES DEL FRACASO EN AFGANISTÁN
¿Democracia?
Apenas existe diferencia entre el
Gobierno afgano y los talibanes o
los señores de la guerra insurgentes.
“El Parlamento está dominado
por señores de la guerra, traficantes
de opio y criminales de
guerra, que son títeres de EE UU y
sus aliados”, aseguraba en una
entrevista la ex diputada afgana
Malalai Joya [Ver DIAGONAL 89].
Guantánamo 2
La base de EE UU en Bagram es
denunciada por numerosas ONG
por el uso de torturas e interrogatorios
con perros. “Obama ha
sido astuto con Guantánamo [...]
Bagram, en Afganistán, es el
gemelo mudo de Guantánamo”,
aseguró en una entrevista
Zachary Katznelson, abogado de
30 reclusos de Guantánamo
Corrupción
Afganistán figura en el puesto
176 sobre 180 países en la
lista de la ONG Transparency
International. Todo se compra:
desde un carnet de conducir
(150 dólares) hasta ser jefe de
policía (100.000 dólares). Cada
familia afgana paga al año 78
euros en sobornos. Y un 70%
posee menos de un dólar al día.
Drogas
Ejemplo de narcoestado, Afganistán
produce el 90% del opio mundial,
del que se deriva la heroína.
Su producción anual es de 8.200
toneladas (datos de la ONU), y la
droga supone entre el 35% y el
40% del Producto Interior Bruto.
20 parlamentarios y el hermano
del presidente Karzai tienen vínculos
con el narcotráfico.
Insurgencia
Según datos de Justicia i Pau, en
Afganistán se cuentan más de
850 grupos armados. El gobierno
afgano presidido por Hamid Karzai
no puede establecer su autoridad
más allá dela capital, Kabul,
y algunas provincias. En todo el
territorio, la presencia de insurgentes/
talibán, alcanza el 72%
del país.
Víctimas civiles
Según datos de la ONU (otras estimaciones
elevan esta cifra) a lo
largo del año pasado el número de
no combatientes fallecidos fue de
2.118, un aumentó del 40% respecto
a 2007. Si se cuentan los
datos sobre talibanes o insurgentes
las cifras aumentan a 4.000. Desde
2001 hasta 2009 han muerto
1.012 soldados de la coalición.