
Por su género y su condición de civiles, las mujeres soportan doblemente la cadena de violencias de los conflictos armados. Convirtiendo en un arma su arraigo en la comunidad y su papel de pilares de la economía y transmisoras del conocimiento, organizaciones de mujeres de todo el planeta plantan cara a invasores y ocupantes y tejen redes basadas en la empatía, la justicia y la no violencia.
La Asociación de Mujeres Revolucionarias de Afganistán (RAWA), nacida en 1977 para luchar por los derechos de las mujeres en un Gobierno legítimo y democrático, ha actuado durante décadas contra las múltiples caras del fundamentalismo. Durante la ocupación soviética creó escuelas gratuitas y hospitales, acogió refugiados de la guerra en Pakistán y dio formación a mujeres sin recursos. Su fundadora, Meena, fue asesinada por un agente del KGB afgano en 1987. Con la llegada del régimen muyahidin (1992-96), aupado al poder por EE UU, Francia y Arabia Saudí y marcado por violaciones masivas, secuestros y asesinatos ejemplares, acogió a las mujeres marcadas por el estigma de la violación y afrontó el rechazo social por apoyarlas.
En la etapa de los talibanes (1996-2001) instruía a las niñas en escuelas mixtas clandestinas y denunciaba internacionalmente al fundamentalismo. La llegada de la democracia no ha mejorado su situación: con los fundamentalistas infiltrados en el Gobierno, siguen en la clandestinidad y extreman las medidas de protección incluso cuando viajan a Europa. Tras la ocupación de Iraq, la comunidad internacional desplazó su atención y dejaron de recibir ayudas de ONG y de Gobiernos. En junio de 2005, Mariam de RAWA aseguraba a DIAGONAL que después del 11-S y la invasión nortamericana recibían 20.000 dólares al mes en donaciones individuales de EE UU para gestionar uno de los hospitales en Pakistán que provee de cuidados sanitarios gratuitos; “ahora no podemos ni reunir 2.000”, precisaba.
En 2005, en las elecciones parlamentarias regionales, RAWA apoyó públicamente a 19 candidaturas independientes por considerar que defendían “la democracia, el secularismo y la igualdad entre hombres y mujeres”.
En 1985, 16 israelíes vestidas de negro marcharon por Jerusalén en contra de la ocupación de los territorios palestinos más allá de la frontera fijada tras la guerra del ‘67. Mujeres del bando ocupante plantaron la semilla de la red internacional Mujeres de Negro contra la guerra (MdN), lo que ilustra sus principios de ética feminista y hermandad entre mujeres.
Mujeres de Negro
Cuatro años más tarde crearon el Enlace de Jerusalén, que articula el trabajo conjunto de las organizaciones de mujeres israelíes y palestinas Bat Shalom y el Centro para Mujeres de Jerusalén, nacidas a un tiempo. Con la inspiración de entidades como las Madres de la Plaza de Mayo o las Black Shash de Sudáfrica, trabajan para conseguir una paz justa entre comunidades y tienden puentes en los momentos álgidos del conflicto: durante la escalada de violencia de la segunda Intifada acordaron una condena colectiva a toda acción contra civiles de ambos bandos. En 2002, presentaron, al Consejo de Seguridad de la ONU, sus demandas para una paz justa en la región, que incluyen el derecho al retorno de los refugiados palestinos y la existencia de un estado palestino soberano.
En agosto de 2005, más de 700 mujeres participaron en el 13º encuentro de MdN, celebrado en Jerusalén y organizado por MdN de Palestina e Israel. Las participantes, entre las que se encontraba la Ministra de Asuntos de la Mujer palestina, Zahira Kamal, reclamaron que se apoyen las iniciativas de paz de las mujeres locales y los procesos autóctonos de resolución de conflictos, tal como estipula la resolución 1325 del Consejo de Seguridad de la ONU. La propuesta de MdN germinó en la guerra de la ex Yugoslavia, donde un grupo de mujeres serbias se declararon desleales a su Gobierno, dispuestas a ayudar a cualquier desertor de la guerra, fuera del bando que fuera. Y en Colombia, donde 300 entidades impulsaron la Ruta Pacífica, que en 2002 movilizó a 20.000 mujeres de 40 países.