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Versos para la memoria

MARCOS ANA, es autor de ‘Decidme cómo es un árbol’.
Jueves 19 de febrero de 2009. Número 96

En América Latina está más viva y más actualizada la memoria que aquí. En Argentina, en la Escuela de Marina, lo que fue un centro de detención, hoy existe un Centro de la Memoria. En Uruguay, igual… pero aquí ni siquiera tenemos uno”, dice Marcos Ana. Y ahora que hay en marcha un intento de desenterrar los huesos de la cuneta de la Historia, se nos hace urgente sacar también estos versos de las cunetas de la cultura. Las fotos corresponden a la cárcel de Carabanchel, símbolo de la represión franquista (por ella pasaban todos los presos antes de ser condenados) y fueron tomadas antes de su demolición a finales de 2008, llevada a cabo a pesar de la lucha vecinal para convertirlo en un Centro de la Memoria.


DECIDME CÓMO ES UN ÁRBOL

Decidme cómo es un árbol,
contadme el canto de un río
cuando se cubre de pájaros,
habladme del mar,
habladme del olor ancho del campo
de las estrellas, del aire.
Recítadme un horizonte sin cerradura
y sin llaves como la choza de un pobre.
Decidme cómo es el beso de una mujer,
dadme el nombre del amor:
no lo recuerdo
(¿Aún las noches se perfuman de enamorados
que tiemblan de pasión bajo la luna?
¿O solo queda esta fosa,
la luz de una cerradura
y la canción de mis losas?
22 años. Ya olvidé
la dimensión de las cosas
su olor, su aroma.
Escribo a tientas “el mar”,
“el campo”, digo “bosque”
y he perdido la geometría del árbol.
Hablo por hablar de asuntos
que los años me borraron.
(No puedo seguir: escucho
los pasos del funcionario)


AUTOBIOGRAFÍA

Mi pecado es terrible;
quise llenar de estrellas
el corazón del hombre.
Por eso, aquí, entre rejas,
en veintidós inviernos
perdí mis primaveras.
Preso desde mi infancia
y a muerte mi condena,
mis ojos van secando
su luz contra las piedras.
Mas no hay sombra de arcángel
vengador en mis venas:
España es sólo el grito
de mi dolor que sueña.


IMAGINARIA

Al pintor Miguel Vázquez,
al que sorprendí una noche llorando
en la cárcel de Burgos

Oídme amigos. He visto
con los ojos soñolientos
algo que quiero contaros.
Es la madrugada. Un preso
enfrente de mí despierta.
Se incorpora sobre un codo.
Lía un cigarro. Se sienta.
Mientras fuma tiene ausente
la mirada, como dormida la frente
(Sueña el viento en la ventana)
Tira el cigarro. Se inclina.
Saca un pedazo de pan,
se lo come lentamente
y después… rompe a llorar.
(Quizás no tenga importancia…
Yo os lo cuento)
Ya sabéis que a mí las losas
me han gastado hasta los huesos
del corazón,
pero ver llorar a un hombre
es algo, siempre, tremendo.
Y este preso no es un árbol
que se ha roto. Sigue ileso.
Pero de pronto ha venido
todo lo “suyo” a su encuentro
en esta noche tranquila…
Con su dolor en mi pecho
le miro. No puede verme.
Sus ojos están muy lejos.
Sus ojos cerca, llorando
tan suave, tan hondamente
que apenas si mueve el aire
y el silencio.
Un “alerta” le estremece.
(Por el patio
se oye cruzar el relevo)

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