
No hay lugar a muchas dudas. Según todos los sondeos, casi con total seguridad el 27 de mayo Esperanza Aguirre revalidará la mayoría absoluta en la Comunidad de Madrid y Ruiz Gallardón hará lo propio en el Ayuntamiento. Razón: la falta de alternativas.
Impresentables
De hecho la lista de oponentes parece
más propia de un vodevil típicamente
hispano que la de una alternativa
institucional creíble. Una
mezcla de corrupción, oportunismo
y pérdida de realidad compone la
triste materia gris de las listas del
PSOE de los Tamayo y Saez, y las de
la Izquierda Unida del capissimo Ángel
Pérez. Con programas electorales
entre lo ridículo y la reproducción
de las principales tendencias en
la gobernabilidad urbana (no muy
distinta del PP), las “izquierdas” de
orden serán de nuevo las convidadas
de piedra de unas elecciones en las
que la mayoría votará al actual gobierno.
La conclusión podría ser así de simple: expurgada la política real (la que tiene que ver con la autoorganización social, con la redistribución de las rentas y la riqueza, con la libertad y los derechos posibles) siempre es mejor una tecnocracia desaprensiva pero eficaz que una promesa inacabada de no se sabe bien qué “proyecto progresista”.
Esta afirmación es aún más rígidamente cierta en Madrid, en donde no existe un eje electoral simbólico/ identitario que con las mismas políticas defina una divisoria creíble entre la izquierda y la derecha.
La metrópolis
En cualquier caso, si toda la cuestión
es la de una política para
Madrid, el problema no está sólo en
el término ‘política’ (innovadora,
vieja o novísima) con el que siempre
nos trabamos, sino quizás sobre
todo en el de ‘Madrid’. De hecho, la
ciudad se nos presenta tan opaca
como inaprensible. La primera señal
de que “algo se nos escapa” podría
ser demográfica. Desde el año
2000, la Comunidad de Madrid ha
crecido cerca de un millón de habitantes
y ha inducido un crecimiento
de otras 400.000 personas en las
provincias limítrofes. De continuar
esta tendencia, para el año 2015, la
ciudad real (el conjunto funcional
del área metropolitana y de todas
las zonas suburbanas limítrofes)
podría empezar a rozar la cifra de
los 9 millones de personas. La gran
dinamo demográfica de este proceso:
la inmigración transnacional,
con más de 800.000 extranjeros empadronados
en 2007.
El espectacular despegue poblacional se muestra, sin embargo, como un mero epifenómeno de una explosiva trayectoria económica. Desde la reciente década de 1980, Madrid ha pasado de ser una ciudad industrial en crisis, capital administrativa de un Estado semiperiférico, a la octava ciudad del planeta por número de grandes sedes empresariales. Sobrevenida casi por sorpresa ciudad global, es el centro de mando de un exclusivo grupo de empresas que se han redimensionado sobre la base de las compras y adquisiciones de empresas públicas privatizadas, especialmente en América Latina, y de la vasta expansión de los mercados financieros e inmobiliarios. Una nueva belle époque pregonada por las nuevas oligarquías corporativas y la clase política con rótulos como: la ciudad de mayor crecimiento en Europa, un nuevo millón de empleos en tan sólo seis años, segundo centro internacional de ferias y congresos, cuarto aeropuerto europeo, tercero o cuarto centro financiero de la Unión, etc.
Precarizado
De forma siempre descortés con esta
propaganda, la expansión por
arriba de esta nueva clase profesional
y directiva concentrada en los
sectores centrales del Madrid global
contrasta con la insidiosa expansión
de un empleo de masas, precarizado
y mal remunerado, en los sectores
subsidiarios de la global economy.
Un ejército de empleadas de
hogar (que se han multiplicado por
2,5 en los últimos siete años), limpiadoras,
guardias de seguridad, camareros,
empleados de cadenas comerciales,
hoteles, empresas de catering,
servicios de atención y un larguísimo
etcétera, engrasa cada día
la gran máquina metropolitana. Una
tropa reclutada de forma mayoritaria
entre las mujeres y los migrantes,
los grandes desplazados de la
enorme acumulación de riqueza que
se concentra en la ciudad, y que
componen la increíble masa de cerca
de un millón de trabajadores que
anualmente perciben menos de
12.000 euros: los nuevos working
poors madrileños.
En este mismo sentido, las efectos perversos del Madrid global se podrían acumular en una lista casi interminable: la patrimonialización de la riqueza de los hogares ricos (beneficiarios principales del nuevo capitalismo inmobiliario) y el difícil acceso a la vivienda de las rentas más bajas; el reforzamiento de la segregación urbana, animada por el abandono de la ciudad por parte de las rentas altas y medias que establecen su residencia en los “bonitos espacios suburbanos” colmatados de unifamiliares; la lógica securitista y la constitución del apartheid urbano destinado a someter al trabajo migrante; la especialización en los colectivos más desfavorecidos de unos servicios públicos tendencialmente privatizados y degradados; la devastación, bien real, de las áreas ecológicamente más favorecidas en beneficio de un urbanismo insulso destinado a las clases profesionales (principalmente en los pies de monte de la Sierra de Guadarrama); los efectos a larga distancia de la riqueza madrileña en términos de explotación de recursos, extracción de plusvalías y producción de desechos (la gran insostenibilidad de la ciudad global).
Así pues, ¿qué hacer en este gigantesco monstruo metropolitano? El paradójico balance de las consecuencias políticas pasa desde luego por la inerme estulticia de la “izquierda” institucional frente a la mirada cínica y triunfante del tandem Aguirre-Gallardón (con sus 90 km. de metro, la nueva M-30, los ocho hospitales de gestión privada, etc.). Sin embargo, la impotencia parece también consigna de lo que eufemísticamente, y en una alucinante concesión a la sociología más rancia, venimos etiquetando como movimientos sociales. Y aunque el inventario de efectos, y por lo tanto de posibilidades políticas, no tiene necesariamente que entrar en la larga lista de la devastación capitalista (la ciudad es hoy más rica de lo que lo haya sido nunca en expresiones culturales, formas de vida y redes de cooperación de muy distinto tipo) su consistencia, su visibilidad y su proyección se nos sigue apareciendo como frágil y opaca, y son raros los casos en los que entra dentro de nuestras agendas políticas.
El doble triunfo del PP será la confirmación enésima de que “algo importante se nos escapa”, y sin embargo será también la prueba de que vivir en los intersticios del monstruo metropolitano puede convertirse en el gran reto político de nuestras vidas.