
En el número siete de la calle Marqués de Riscal, a espaldas de la Castellana, en una de esas zonas de Madrid que con razón llaman ‘exclusivas’, el velo de un andamio protege una noble ruina, un edificio que es casi el anticipo de un solar. En su fachada descarnada se intuyen siete vanos en la primera planta, ahora cerrados con esos mosaicos de cristal que tanto daño hicieron en los años ‘60. Sobre el vano central, el único balcón que vuela levemente sobre la calle conserva un enrejado ornamentado con motivos vegetales. A ambos lados del balcón se aprecia el trazado de sendas pilastras, una de las cuales aún conserva el capitel.
Para el paseante, este edificio monumental es otro más de los muchos que promotores avezados dejan caer para luego construir oficinas diáfanas y lujosas soluciones habitacionales. Sin embargo, para los vecinos con memoria es el Beti-Jai (‘siempre fiesta’ en euskera), el último frontón de juego de pelota que sobrevive en Madrid de entre la veintena que tuvo a finales del siglo XIX. Construido en el año 1893 por el arquitecto cántabro Joaquín Rucoba, autor del teatro Arriaga de Bilbao, el Beti-Jai es considerado el único frontón de estilo neomudéjar del mundo, motivo por el que fue declarado Bien de Interés Cultural en 1977 y 1991. En su interior, hoy invadido por la maleza y los escombros, aún se intuye la planta de la cancha y se conservan las balconadas de sus cuatro pisos protegidas por barandillas y columnas de fundición.
Rebajar la protección
La lenta agonía del Beti-Jai
seguía su curso hasta que el
pasado mes de noviembre la
Comisión de Patrimonio del
Colegio de Arquitectos de
Madrid denunció que el edificio
estaba a punto de ser
convertido en un hotel. La sociedad
propietaria del inmueble
se proponía edificar una
nueva construcción, cuyo anteproyecto
había sido diseñado
por Rafael Moneo, que
mantendría algunos elementos
del trazado original pero
donde la faceta deportiva y el
juego de pelota tendrían una
función anecdótica.
El hundimiento de la ‘Capilla Sixtina’ del frontón, según los titulares más entusiastas, parecía consumado. Los principales beneficiarios: un grupo vasco, con sedes en San Sebastián y Pamplona, que lo había comprado en 1998 a PSA Citroën por entre 385 y 500 millones de pesetas. El único escollo residía en lograr el visto bueno del Ayuntamiento, que debería rebajar la protección del edificio para autorizar el diseño de Moneo. Fue entonces cuando el Beti-Jai devino en amago de trifulca política, pues el PSOE enarboló la bandera de su defensa, y tanto en el Ayuntamiento como en la Comunidad presentó iniciativas para salvar el edificio preservando sus usos deportivos. Así, el 13 de febrero, la Asamblea de Madrid aprobó por asentimiento una iniciativa del grupo socialista, enmendada por el grupo popular, por la que “insta al Consejo de Gobierno a apoyar la restauración y conservación del frontón Beti-Jai (...) y destinarlo a usos que sean compatibles con su valor estético”. Mientras, el Ayuntamiento denegó la descatalogación del edificio, requisito previo a la construcción del hotel. Pero en el pleno del 31 de enero decidió “no aprobar [con 27 votos en contra de los concejales del grupo popular] la proposición, presentada por el Grupo Municipal Socialista, interesando que se inicien los trámites para adquirir el antiguo frontón Beti-Jai, asegurando que tenga un uso público y que se garantice la protección del edificio como Bien de Interés Cultural”. Es decir, ambas instituciones se comprometieron a lo obvio -defender la protección de un edificio protegido- y no se ‘arriesgaron’, como muestra la negativa del Ayuntamiento, a expropiar el edificio para hacer efectiva tal protección.
En el río revuelto de este juego de pelota, el senador del PNV Iñaki Anasagasti también hizo su aportación, y en su blog afirmaba: “Yo, si tuviera presupuesto, me hacía con este solar y lo ponía a valer con el nombre de ‘Beti-Jai’, la ikurriña en lo más alto y las puertas abiertas a todo el mundo demostrando que somos gente hospitalaria, bulliciosa y con marcha, y convertía el antiguo Beti-Jai en un auténtico horno. ¿Por qué no? ¿Alguien se anima?”.
La trama marbellí
Intereses especulativos, arquitectos
de prestigio, controversia
política, vindicaciones
nacionalistas... en
apenas medio año el último
frontón de Madrid se había
convertido en un campo de
batalla de interés múltiple.
Sin embargo, le faltaba el ingrediente
grotesco.
Montserrat Corulla, que en la actualidad permanece en prisión incondicional en la cárcel de Alhaurín de la Torre acusada de ser uno de los testaferros del asesor de urbanismo de Marbella Juan Antonio Roca, cierra el círculo del Beti-Jai. Según informa Carlos Sánchez en elconfidencial.com, Corulla actuó ante el Ayuntamiento como abogada de la empresa Aguirene, propietaria única del edificio tras la fusión de dos sociedades instrumentales. Su misión no era distinta a la que había ejercido con éxito en otras ocasiones, haciendo valer su influencia ante la Gerencia de Urbanismo: lograr los permisos oportunos para ‘rehabilitar’ edificios amenazados de ruina. Sin embargo, la protección formal del Beti-Jai complicó la operación.
En la actualidad, el Ayuntamiento de Madrid tramita por la vía del convenio la posible compra del inmueble. La incógnita reside ahora en saber quién y cuándo se apuntará el tanto de recuperar ‘el único frontón de estilo neomudéjar del mundo’, que hoy sólo parece un monumento al abandono.