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El último tranvía que circuló en este país lo hizo en Zaragoza. La red de tranvías de nuestra ciudad era una de las más modernas y extensas, y estuvo funcionando ininterrumpidamente desde 1902 hasta 1976. En los años ‘70, la flota de tranvías había quedado anticuada ante la supremacía de los vehículos a motor. Unos años antes, el Banco Mundial había elaborado un informe en el que recomendaba sustituir el transporte ferroviario por el de carretera, aunque conviene recordar que en aquella época EE UU controlaba el mercado mundial de petróleo y el de construcción de automóviles. También comenzaron a desarrollarse fábricas de vehículos a gran escala como Pegaso o SEAT, y aparecieron los primeros utilitarios. La contaminación y los problemas de tráfico no preocupaban aún.
Pero la desaparición del tranvía zaragozano también tuvo que ver con decisiones empresariales y políticas. Los autobuses urbanos necesitaban un solo empleado, frente al tranvía, con conductor y un cobrador por cada vagón. La familia Escoriaza, dueña de la compañía Tranvías de Zaragoza, la había vendido a una empresa gallega, sin vinculación emocional con la capital aragonesa, y era quien gestionaba la incipiente red de autobuses.
En 1976 estaba a punto de caducar la concesión administrativa del transporte urbano, y todos los bienes de la compañía pasarían al Ayuntamiento. Más de la mitad de las líneas ya eran de autobuses y la actual TUZSA planteó la sustitución completa de los tranvías a cambio de que el Ayuntamiento, bajo la alcaldía de Miguel Merino, renunciara a la reversión de estos bienes y subvencionara la compra de buses. Fue un acuerdo leonino, que el siguiente alcalde, Sáinz de Varanda, llevó a pleito, pero acabó renunciando. Con el abandono del tranvía desapareció la posibilidad de una red pública de transporte urbano en Zaragoza.
En otros países, especialmente en el centro y el este de Europa, los tranvías nunca han dejado de circular. Tampoco tienen mucho que ver los tranvías del siglo XXI con los tranvías renqueantes que recuerdan los zaragozanos. La tecnología los ha convertido en vehículos silenciosos, modernos y seguros, además de ecológicos. Quienes prefieren el metro al tranvía no son conscientes de que el hecho de expulsar a los coches de nuestras calles supone una ventaja. No caben tantos coches ni es soportable tanta contaminación, acústica y ambiental, en el centro de las ciudades.
Pero hay otras dos ventajas, que convierten al metro en una alternativa inviable. La construcción y el mantenimiento de túneles y estaciones bajo tierra es mucho más costosa económica y técnicamente (aunque sirve para que las máquinas tuneladoras no se queden ‘sin trabajo’), y en ciudades como Sevilla ya se ha obligado a sustituir líneas proyectadas como metro subterráneo por el tranvía.
En realidad, la denominación de metro o tranvía no responde al hecho de circular bajo tierra o por la superficie, sino a la velocidad y capacidad de transporte. El metro es más rápido y puede transportar a más viajeros, pero para hacer efectiva su mayor velocidad necesita situar sus paradas a una distancia mínima de 800 metros, algo que resulta absurdo para una ciudad del tamaño de Zaragoza. El tranvía sólo requiere 300 metros entre parada y parada, es más rápido que el autobús y más accesible.
Basta darse una vuelta por ciudades como Burdeos para ver la perfecta convivencia de peatones, ciclistas y tranvías en el centro de la ciudad : un espacio en el que no queda más remedio que cambiar nuestros hábitos de movilidad y desterrar lo máximo posible a los coches.
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