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El sector audiovisual se ha caracterizado por el monopolio industrial y por la importancia de las subvenciones estatales. No existen casi experiencias que hayan llegado a la gran pantalla sin pasar por el control de las productoras o por el cheque estatal. Esta dificultad se ve atravesada por un segundo elemento : la aplicación de la Ley de Propiedad Intelectual (LPI). En las creaciones audiovisuales, la LPI es más estricta y restrictiva ; a diferencia de otras áreas, los derechos de autor se aplican a tres ámbitos : dirección, guión y creación musical. Además de un cuarto, determinante, referido a los derechos de explotación.
Esta situación convierte, de facto, a las productorasdistribuidoras en depositarias de todos los derechos de las obras. Un panorama de difícil gestión legal que acaba siendo un complemento perfecto a una industria que establece pocas vías de escape a quienes quieran participar de la gran pantalla sin pasar por taquilla.
Sin embargo, la llegada de internet y la digitalización, además de las licencias de contenidos abiertos, han abierto nuevos túneles dentro en esta pétrea realidad : la posibilidad de constituir alternativas de producción, difusión y distribución antes impensables. Se ha despertado un nuevo ‘paradigma de consumo’ de lo audiovisual, con un inmenso volumen de productos consumidos a una velocidad inaudita ; millones de personas suben o bajan vídeos de Youtube o Google vídeo, acceden a películas antes imposibles de conseguir, cortan y pegan imágenes, e intercambian DVD.
A pesar de que este nuevo paradigma está más próximo al ideal de un procomún audiovisual, la chispa del copyleft no ha prendido aún la pradera. La mayor parte del material audiovisual sigue perteneciendo a las productoras, dueñas y señoras de mercado, cuyas producciones siguen siendo garantes del copyright. Todas las campañas antipiratería están dirigidas contra estas prácticas. Así, el uso de las herramientas no conlleva la creación de actitudes críticas frente a lo consumido. No ocurre lo mismo en el sector activista, en el que la mayoría de obras llevan licencias Creative Commons, aunque adolezcan de serios problemas de gestión (como el vacío legal cuando nuestros materiales se proyectan en televisión o cines).
Pero ¿por qué no se ha extendido el uso de las licencias libres en el sector audiovisual a pesar de los beneficios que proporcionan a los autores ? Una posible respuesta puede ser que no hemos sido capaces de imaginar ni construir un nuevo espacio de creación y gestión dentro de esta nueva era tecnológica. Buena parte de los proyectos con afán de dar cierto sustento económico a quienes realizan el trabajo siguen atrincherados en forma de pequeñas productoras. Además, siguen sin existir espacios y redes propios en los que producir, proyectar, distribuir y promocionarse.
¿Dependerá la extensión de las licencias libres de la existencia de un sector audiovisual sólido al margen de grandes productoras y subvenciones ? De momento, los videoblogs, los repositorios de vídeos, kinoki, rebeldemule, las alternativas de distribución masiva a escala territorial y la cooperación y el intercambio se sitúan como los únicos caminos posibles para construir espacios de creación y consumo audiovisual, sólidos y transformadores. También como únicos surcos en los que poder buscar respuestas.
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