
JOSÉ MARÍA GÓMEZ VALERO
Todo el mundo sabe que los poetas piden pan y reciben piedras. Y que el mejor cumplido que se le puede hacer a un poema es que parece escrito en el aire pues el mar no tiene memoria y se traga todos los nombres. Bertolt Brecht, que entre otras cosas era un excelente crítico poco dado a los halagos gratuitos, solía decir ante un buen poema “este sí vale”. Se refería, por supuesto, para agitar las conciencias. Para hacer ver algo que estaba pasando ante la indiferencia generalizada. “Junto a su herida está inscrita mi herida/ en las blancas galerías de la soledad/ ellos forman la trama/ y son mis argumentos”.
Este poemario de José María Gómez Valero -afortunadamente- escapa de las etiquetas con que se quiere limitar la poesía que es, por definición, lo que no admite adjetivos porque podría tenerlos todos. No existe, por ejemplo, buena poesía social y mala lírica del corazón sino poesía que conmueve los filamentos del alma o no. “Ella dijo: es tarde./ Él dijo: no te preocupes,/ la noche acabará cuando tú quieras. /y la noche/ se acabó”. En este libro hay poemas que conmueven. Que hacen pensar y sentir. “Hay signos en los que habita/ un tiempo que amanece o Haya un panorama de ojos abiertos/ y amargas llagas encendidas”. Un regalo.