
Desde finales de 2000, los fines de semana y particularmente los domingos se reúnen entre 400 y 1.000 inmigrantes en el Jardín del Turia de Valencia. Grupos familiares, adultos, pandillas de jóvenes se congregan para jugar a fútbol, pasear, comer, bailar, beber cerveza y pasar unas horas con conocidos y compatriotas. Comenzaron los inmigrantes ecuatorianos quienes, a través de la asociación Rumiñahui, organizaron un campeonato de fútbol que dura desde entonces. Con los años no sólo se congregan ecuatorianos. Los bolivianos, colombianos e incluso africanos se dan cita en el parque. Hasta le han dado su propio nombre, el Río Seco (haciendo alusión al antiguo cauce del río Turia).
Es un fenómeno que se repite en plazas y parques de todas las ciudades. El inmigrante recurre a sus compatriotas ante la nueva situación, desconocida y hostil, que debe afrontar, buscando apoyo emocional y al mismo tiempo acudiendo a la experiencia de quienes han vivido una situación similar. Estos encuentros en el parque funcionan como un ritual de socialización de la propia comunidad. Hay comida preparada con sabor a Latinoamérica: helados caseros con ralladura de coco, tostado, chocos, fritura, empanadas... bocados de nostalgia. Hay fútbol, y bailoteo, top manta con los éxitos de Bolivia y Ecuador, equipos de música que son una proeza de la electrónica y la imaginación y hasta un peluquero que corta el pelo debajo de un puente.
No se trata de guetos, pues reúnen a personas de diferentes nacionalidades. Se trata de espacios de multiculturalidad, de nuevos usos de los espacios públicos. Los inmigrantes nos proponen un ocio alejado del consumo de los centros comerciales y bares. Un ocio donde compartir y conocer a nuestros vecinos.
También hay voces críticas con esta “excesiva” visibilización de los inmigrantes, les acusan de ensuciar o de apoderarse del parque. En ocasiones la policía va a allí a requisar comida y bebida, a pedir papeles o poner multas. Entonces callan los radiocasetes y se nota el miedo y la tensión. Alguno se pregunta: ¿Pero qué mal hacemos nosotros aquí?